ESTRÉS POSTRAUMÁTICO (PTSD) Y LITERATURA DE TRAUMA 1

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El Síndrome de Estrés Postraumático (PTSD por sus siglas en inglés) es un término controvertido que no termina de encontrar su lugar. Podríamos resumir que se trata de una serie de síntomas que padecen las personas que han vivido o experimentado un hecho traumático. Desde un desastre natural hasta una guerra: violaciones, incesto, tortura, accidentes o atentados, cualquier hecho extraordinario y no porque no suceda de manera habitual. Sus síntomas más corrientes son:

           A. Re-experimentación del evento traumático*

  • Flashbacks.Sentimientos y sensaciones asociadas por el sujeto a la situación traumática
  • Pesadillas .El evento u otras imágenes asociadas al mismo recurren frecuentemente en sueños.
  • Reacciones físicas y emocionales desproporcionadas ante acontecimientos asociados a la situación traumática

B. Incremento- activación

  • Dificultades conciliar el sueño
  • Hipervigilancia
  • Problemas de concentración
  • Irritabilidad / impulsividad / agresividad

           C. Conductas de evitación y bloqueo emocional

  • Intensa evitación/huida/rechazo del sujeto a situaciones, lugares, pensamientos,sensaciones o conversaciones relacionadas con el evento traumático.
  • Pérdida de interés
  • Bloqueo emocional
  • Aislamiento social

Como vemos, una gran variedad de síntomas que se mantienen en las personas en distinto grado a lo largo de la vida. La historia de la humanidad está repleta de este tipo de situaciones y desastres pero no fue hasta la Primera Guerra Mundial cuando se hizo evidente y se le dio un nombre a los síntomas descritos que tenían en común muchos soldados. En pleno boom de la Psicología se denominó a este desorden de distintas maneras la más conocida neurosis de combate o shell shock (shell=concha), debido a que los ex-combatientes se encerraban en sí mismos. Fue durante la guerra de Vietnam en que la ingente cantidad de soldados en el frente (casi 3 millones) aunque fuera por un período corto de tiempo (un año, tour of duty) incrementó los números, ya de por sí elevados después de la Segunda Guerra Mundial y, a falta de una denominación mejor, se llamo PTSD. La vuelta a casa y la readaptación de los soldados a la vida civil fue muy problemática debido a la violencia incontrolada o el abuso de drogas. Muchos engrosaron las listas de mendigos (shopping cart soldiers, los soldados de los carritos de supermercado) equivalentes a los hobos de la Primera Guerra Mundial. Muchos otros han convivido con los síntomas mejor o peor. Es indudable que el suicidio es habitual entre los supervivientes, que en el caso de los soldados, son víctimas y perpetradores a la vez. No nos olvidemos que también hablamos de las víctimas de abuso sexual y machista. ¿Que por qué os cuento todo esto? Porque los datos de suicidios se han disparado en Estados Unidos entre los soldados de Irak y Afganistán y leí el pasado día 31 de octubre en EL PAÍS el artículo de Joan Faus “Las cicatrices invisibles de la guerra”**, que no era completamente cierto y no estaba suficientemente contrastado, en especial en lo que se refiere a Vietnam. Yo he estudiado el Estrés Postraumático para analizar las novelas de Vietnam chicanas, así que tengo una pequeña idea, sobre todo porque tengo amigos que lo padecen. En ellos ves la mirada de las “mil millas”, es una mirada tan profundamente vacía porque no quiere recordar el horror. En breve os hablaré de la literatura de trauma, pero primero teníais que conocer qué es el trauma. Por eso os dejo la nota de suicido de un soldado, Daniel Somers, que se quitó la vida el 16 de junio y que salió a la luz con la autorización de la familia. Íñigo Sáenz de Ugarte la publicó en su artículo del 16 de noviembre en el Diario.es***: “La nota de suicidio de un soldado”. Pronto seguiremos hablando.

“Mi cuerpo se ha convertido en una jaula, una fuente de dolor y problemas constantes. Mi enfermedad me causa dolor que ni las medicinas más fuertes pueden reducir, y no hay cura. Todo el día, cada día siento una horrible agonía en cada nervio de mi cuerpo. No es otra cosa que una tortura. Mi mente es un vacío lleno de visiones de horror, una depresión y ansiedad constantes, incluso con toda las medicinas que me dan los médicos. Las cosas simples que todo el mundo tiene garantizadas son casi imposibles para mí. No puedo llorar o reír. Apenas puedo salir de casa. No obtengo ningún placer de ninguna actividad. Todo consiste en dejar pasar el tiempo hasta poder volver a dormir. Ahora, dormir para siempre se me antoja como lo más misericordioso.

No tienes que culparte. La realidad es esta. Durante mi primer despliegue (en Irak), me hicieron participar en cosas cuya dimensión es difícil de describir. Crímenes de guerra, crímenes contra humanidad. Aunque no participé voluntariamente e hice lo posible por impedirlos, hay cosas de las que una persona no puede recuperarse. En realidad, me enorgullezco de esto, porque continuar sin más con tu vida después de participar en algo así sería propio de un sociópata. Todo esto va mucho más allá de lo que la mayoría de la gente es consciente.”

*David Puchol Esparza http://www.psicologia-online.com/ciopa2001/actividades/16/

** Joan Faus http://www.elperiodicodemexico.com/nota.php?id=699583

*** Iñigo Sáenz de Ugarte  http://www.guerraeterna.com/una-nota-de-suicidio-de-un-soldado/

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PÍO BAROJA EL INADAPTADO

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La vida de Baroja fue un rosario de experiencias negativas, un recuento de fracasos y decepciones, que desde niño lo fueron convirtiendo en un inadaptado, solitario e inseguro de sí mismo. El poso de resentimiento íntimo y de amargura vital provocado en su hipersensibilidad fue haciendo de Baroja un hombre refugiado en su corteza agresiva, pero siempre sincero, hasta en su neurosis autoconfesada (en Juventud, egolatría), provocada por la sociedad. Nuestro novelista es desilusión. Parece que todas las esperanzas acuñadas por la humanidad durante veinte siglos se hubieran reunido para sucumbir al unísono. Todos los sinsabores acaecidos a lo largo de sus días hacen que la visión barojiana del mundo sea pesimista, desconfiada de cualquier orientación constructiva. Para él la vida era un caos absurdo donde el fuerte se come al débil y donde la única posibilidad de salvación está en la acción constante frente a la reflexión y el dañino cultivo de conocimiento. Este es el gran mal. Baroja participa de este mal, la “enfermedad de lo incognoscible”, que le hace melancólico, distinguiéndole de otros tipos de padecimiento moral: “Hay vidas aplastadas por la miseria, vidas turbadas por el dolor, vidas de amargura, vidas de vergüenza, pero ninguna de ellas me da tanta lástima como las turbadas por la desesperación y por el análisis”.

La melancolía de Baroja, así como la de Azorín, puede calificarse como una elitista enfermedad de ideal. Las existencias de estos pocos elegidos que están padeciendo la nostalgia del ideal no tienen objetivo concreto y presentan una preocupante saturación de hastíos y de desalientos sin reacción posible. Son propias de seres atraídos por el abismo, seducidos por el misterio. Viven hastiados de lo real y no acaban de concretar ese ideal, en una incesante contradicción que les lleva a concebir la acción como realización de sus ensueños y, a la vez, a odiarla como una pesada cruz. Llegan a la contradicción más completa en todo. Sienten surgir el lado del anhelo religioso o las audacias intelectuales. Su misticismo va acompañado de una curiosidad insaciable, amalgaman el valor y la debilidad, la ambición y la ataraxia.

Baroja rinde un culto apasionado a la acción, pero su carencia de toda fe política, moral o religiosa pone esa acción al servicio de la nada y ésta viene a significar entonces un elemento puramente estético. Los actos quedan también en suspenso, inoperantes, inútiles. Este fracaso de los ideales con el consiguiente estado de frustración trae consigo el repliegue sobre sí mismo.

Otro gran motivo de frustración es la imposibilidad de conocimiento absoluto, o de la actitud reflexiva frente a la activa en la vida; no son más que supercherías con que pretendemos acallar nuestras conciencias. Ni siquiera es válido el conocimiento de nosotros mismos. En cierto modo, vivir (acción-voluntad) y sentirse vivir (reflexión-melancolía) son dos cosas incompatibles. Si somos espectadores de nosotros mismos, el espectáculo que se nos ofrece es nuestro yo convertido en puro anhelo, en propósitos irrealizados, en tendencias paralíticas y deseos reprimidos. Entonces pensamos que la felicidad es estar fuera de sí (el vivir espontáneo). Si entramos dentro, en el autoanálisis, nos encontraremos frente a frente con ese patético espectro de nuestro espíritu inactivo.

KENZABURO OÉ: DINOS CÓMO SOBREVIVIR A NUESTRA LOCURA

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No os he abandonado a vuestra suerte. Oé tampoco. Sólo lo parece. Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, desde luego, es un gran libro. Lo empecé tres veces y lo dejé por imposible. Me atasqué en la primera frase: “Durante el invierno de 196…, un hombre anormalmente gordo estuvo a punto de caerse al estanque de agua sucia donde se bañan los osos blancos.” Una maravilla que, sin embargo, no me invitaba a penetrar en esas oscuras aguas. Me pasaba como con La naranja mecánica de Burguess, da igual que lo leas en inglés o español porque conoces las palabras pero no su significado. Tienen un sentido oculto al que no llegas. Te sientes estúpido, abandonas. Ese lenguaje es una creación especial que no se ajusta a nuestro conocimiento. Oé hace lo mismo con algo tan unido a nosotros y que con tanto fervor apartamos: la locura. No somos capaces de pensar de una manera que no se ajuste a nuestra lógica, como si no existiera una lógica dentro de lo irracional. Sería bueno que volviéramos al estanque de agua sucia, mejor, estamos inmersos en ese estanque, pero no queremos darnos cuenta. A estos relatos hay que acercarse con cautela pero sin miedo. “Si el lector se atreve” reza la contraportada. Cierto. Y hay que tener paciencia, tras unas páginas saborearás el licor dentro del bombón, lleno de cristales como aquellos caramelos de Maupassant.

Yo he disfrutado este libro desde la incredulidad: ¿cómo es posible esa forma de narrar lo que se escapa a nuestra realidad desde la realidad misma? Muchos conocéis mi gusto por la narrativa japonesa, no me defrauda, por eso os animo a acercaros a Oé esperando lo inesperado, desenredando la madeja, desbrozando el lenguaje hasta llegar a lo esencial, el ser humano. Un libro lleno de sensibilidad para aquellas personas al margen  de la sociedad que viven una realidad paralela. Solemos creer que no sufren tanto como nosotros en nuestra única y rígida verdad, pero no lo podemos asegurar y eso nos explica el autor al revés que en los libros minimalistas, somos nosotros quienes resumimos el mensaje. El lector sufre un encontronazo lingüístico debido a un uso magistral del propio lenguaje utilizado como un instrumento a modo de círculos concéntricos que finalmente culminan en el cariño, que yo pienso, siente por sus personajes que, en el fondo, ninguno de nosotros está exento de ser.

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