PÍO BAROJA EL INADAPTADO

Imagen

La vida de Baroja fue un rosario de experiencias negativas, un recuento de fracasos y decepciones, que desde niño lo fueron convirtiendo en un inadaptado, solitario e inseguro de sí mismo. El poso de resentimiento íntimo y de amargura vital provocado en su hipersensibilidad fue haciendo de Baroja un hombre refugiado en su corteza agresiva, pero siempre sincero, hasta en su neurosis autoconfesada (en Juventud, egolatría), provocada por la sociedad. Nuestro novelista es desilusión. Parece que todas las esperanzas acuñadas por la humanidad durante veinte siglos se hubieran reunido para sucumbir al unísono. Todos los sinsabores acaecidos a lo largo de sus días hacen que la visión barojiana del mundo sea pesimista, desconfiada de cualquier orientación constructiva. Para él la vida era un caos absurdo donde el fuerte se come al débil y donde la única posibilidad de salvación está en la acción constante frente a la reflexión y el dañino cultivo de conocimiento. Este es el gran mal. Baroja participa de este mal, la “enfermedad de lo incognoscible”, que le hace melancólico, distinguiéndole de otros tipos de padecimiento moral: “Hay vidas aplastadas por la miseria, vidas turbadas por el dolor, vidas de amargura, vidas de vergüenza, pero ninguna de ellas me da tanta lástima como las turbadas por la desesperación y por el análisis”.

La melancolía de Baroja, así como la de Azorín, puede calificarse como una elitista enfermedad de ideal. Las existencias de estos pocos elegidos que están padeciendo la nostalgia del ideal no tienen objetivo concreto y presentan una preocupante saturación de hastíos y de desalientos sin reacción posible. Son propias de seres atraídos por el abismo, seducidos por el misterio. Viven hastiados de lo real y no acaban de concretar ese ideal, en una incesante contradicción que les lleva a concebir la acción como realización de sus ensueños y, a la vez, a odiarla como una pesada cruz. Llegan a la contradicción más completa en todo. Sienten surgir el lado del anhelo religioso o las audacias intelectuales. Su misticismo va acompañado de una curiosidad insaciable, amalgaman el valor y la debilidad, la ambición y la ataraxia.

Baroja rinde un culto apasionado a la acción, pero su carencia de toda fe política, moral o religiosa pone esa acción al servicio de la nada y ésta viene a significar entonces un elemento puramente estético. Los actos quedan también en suspenso, inoperantes, inútiles. Este fracaso de los ideales con el consiguiente estado de frustración trae consigo el repliegue sobre sí mismo.

Otro gran motivo de frustración es la imposibilidad de conocimiento absoluto, o de la actitud reflexiva frente a la activa en la vida; no son más que supercherías con que pretendemos acallar nuestras conciencias. Ni siquiera es válido el conocimiento de nosotros mismos. En cierto modo, vivir (acción-voluntad) y sentirse vivir (reflexión-melancolía) son dos cosas incompatibles. Si somos espectadores de nosotros mismos, el espectáculo que se nos ofrece es nuestro yo convertido en puro anhelo, en propósitos irrealizados, en tendencias paralíticas y deseos reprimidos. Entonces pensamos que la felicidad es estar fuera de sí (el vivir espontáneo). Si entramos dentro, en el autoanálisis, nos encontraremos frente a frente con ese patético espectro de nuestro espíritu inactivo.

Anuncios