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Un decepcionante tocho pequeño burgués de alguien que parece querer ser un zumbado al estilo David Foster Wallace, pero sólo por encima, aunque es difícil al ser padre de cuatro churumbeles. Esto es, se puede ser un intelectual y padre de familia. Se puede ser un zumbado y padre de familia. Pero no se puede ser un genio atormentado si llevas a los niños al parque y les cambias los pañales. Yo creo que eso no. Un hombre enamorado es un novelón exitoso, el segundo tomo en el que habla de su vida titulada pomposamente Mi lucha, nada más y nada menos que 3.500 páginas que no pienso leer, porque si me dejan las dejo en 250 a lo sumo. Lo que pasa es que a la gente, por lo general muy cotilla, le gustan los detalles y esto es un culebrón de la propia existencia que no aburre pero que no dice nada. Yo, como buena barojiana, me intento saltar las descripciones para ir a la acción, como bendecía el guipuzcoano, pero es que aquí no hay descripciones, porque todo son frases cortas, diálogos insulsos y cosas sin el menor interés de una vida cotidiana sin guarrerías y, para mí, eso no es una vida cotidiana. Hasta el sexo es para procrear. No sé. Más que decirme sobre su vida, me da la impresión de que me está ocultando lo más interesante. Me dan ganas de pedirle otras 3.500 páginas inventadas de verdad.

Quizá debería haber empezado por el sexto o por el primero de los tomos, porque he de decir que soy morbosa y esa mirada de hombre atormentado de la portada daba lugar a creer que iba a ver sangre y vísceras, desarraigo, algo, pero no hay nada más allá de discusiones de pareja, niños llorones, paseos por el parque y esa escalofriante definición del machismo: yo sólo quiero escribir, así que mi mujer que se lleve a los niños ya. Afortunadamente es noruego, de haber sido español habría entrado en la Real Academia de la Lengua, menudas conversaciones tendría con Javier Marías y Arturo Pérez Reverte.

Aunque también podríamos decir que es un culebrón pseudointelectual. Los excursos culturetas, sobre todo el dedicado a Dostoievski es excelente, lo que me lleva a pensar en leer alguna de sus otras obras. Lo cierto es que, a mi modo de ver, tener 30 años y ser un escritor reconocido no da lugar a pensar en penas, aunque todos los escritores las tienen o las ocultan o las dejan a la vista de los buitres, en este volumen, al menos, no hay gran cosa sobre la que escarbar. En realidad no es que quiera ser una cosa que no es es, es que quiere ser todo a la vez y eso no es posible: un padre de familia, un intelectual de éxito, un genio atormentado como decíamos, en algún punto el marketing deja un lado cojo, sea el que sea. Luego la vida pone las cosas en su sitio y este hombre ha terminado diciendo que “el éxito no tiene que ver con la calidad”, lo que viene a ser la constatación de un hecho: estos libros son una porquería desde el punto de vista literario. Para mayor desgracia de este autor, estoy leyendo a la vez Otra vida, autobiografía del sueco Per Olov Enquist, y no es que salga perdiendo, es que no hay color. Me sorprende sin embargo esta manera mía de adentrarme en autores europeos alejados de España y comprobar la importancia de Strindberg, sobre todo su Peer Gynt.

Resumiendo, no perdáis el tiempo con la prosa vacía de Knausgård en estos tomacos interminables y buscad donde hable de literatura. Es posible que sea un buen autor que quiso ganar dinero y se puso a escribir como un norteamericano mediocre.

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