BORIS PILNIAK

 

Salvaje. Brutal. Es posible que haya otros adjetivos, pero estos dos son los únicos que creo que reflejan de una manera más adecuada lo que me ha hecho sentir esta obra, a la vez que explica, de la mejor manera posible, por qué la literatura rusa es una de mis favoritas.

Boris Pilniak (1894-1937?) fue acusado de de espía y terrorista y del que se dice que suministró información sobre la  situación del país a André  Gide para criticar a la URSS en su novela Regreso a la URSS. El proceso duró quince minutos y fue condenado a muerte. Desde joven despuntó en la escritura y llegó a tener un mentor para poder dedicarse a tiempo completo, Anatoli Lunacharski, que era Comisario del Pueblo de Educación, quien dirigía la agencia que gestionaba la educación pública. En 1956 se le eximió de culpa, pero su obra no se publicó hasta 1978 en un volumen en el que faltaban estos cuentos compilados con el título del último relato, Caoba. Entre sus obras destacan, El año desnudo (1922), Las máquinas y los lobos (1925) o El mar desemboca en el Mar Caspio (1930).

La época que nos muestra Pilniak en toda su crudeza es la vida soviética en la que Lenin estaba a punto de dar paso a Stalin. La descomposición de la sociedad, visionarios, mendigos y campesinos, los mujiks de los que hablaban otros grandes compatriotas que reflejaban su ignorancia, aquí se enfrentan en un juego de contrarios, que es su prosa, a la ciudad, lo negativo. En palabras de Sergio Pitol, autor del prólogo:

“El Bien es casi siempre el campo, la anarquía, los impulsos vitales, la vida en el seno de una comuna. El Mal es la ciudad, la burocracia, el comercio, la imitación de Europa y la falta de respeto por el elemento específicamente individual que alberga cada hombre”.

El hecho de que las cosas se fueran complicando mejoró aún más su narrativa, cuyo esmero técnico sobrecoge. Abruman las descripciones de sus personajes, casi animales embrutecidos o llenos de bondad, más por ausencia de maldad que por sus propias cualidades. No sabemos qué habría pensado de haber sabido en lo que se convirtió la Revolución. Mi opinión es que a pesar de todos los cambios acaecidos en el país, de los zares a Putin, el pueblo ruso conserva su propia especificidad, eso que les hace únicos, no creo que eso se haya perdido. De igual manera, los pobres seguirán siendo pobres y los ricos ricos y a la voz disidente se le asesina. Eso no ha cambiado. Por eso la prosa de Pilniak es necesaria, para no creer ciegamente en un futuro mejor si desconocemos nuestro pasado. Grande Pilniak, no. Inmenso.

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