SHERWOOD ANDERSON: WINESBURG, OHIO

Sherwood anderson

Como cualquier cretino he leído la contraportada y, en honor a la verdad, se queda bastante corta, algo de por sí extraño. En la edición que manejo, Malcom Cowley, poeta, editor, historiador y crítico literario, apunta que escritores de la talla de Hemingway, Faulkner, Caldwell, Saroyan y Henry Miller, han contraído una “indudable deuda” con el autor. No obstante, deja tantos nombres fuera que no creo posible que ningún escritor estadounidense que se precie no haya bebido de Anderson. Podríamos mencionar a Carson McCullers, F. Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, quien indicó que esta obra le inspiró Crónicas marcianas, o Raymond Carver, cuyo realismo podría considerarse algo desvaído frente a la fuerza de los personajes de Anderson, quien traza una certera línea entre lo genuino y lo falso.

Winesburg, Ohio: colección de relatos sobre la vida en un pequeño pueblo de Ohio, su título real, se articula a través de veintidós relatos contados por un narrador omnisciente, George Willard, un adolescente, reportero de un periódico local, que es el hilo conductor. Cada historia está protagonizada por un personaje y por eso me resisto, con otros tantos críticos, a llamarlo novela. Fue bien recibida, vendió unos 3000 ejemplares y se considera un clásico de la literatura estadounidense, precursora, en cierto modo, de las obras modernistas. Tras su éxito inicial en la década de los años veinte, decayó su popularidad como autor, pero la influencia, como decíamos, es notoria.

Los personajes muestran una manifiesta incapacidad de expresar sus emociones y la soledad es el tema principal.  Cuando lees Winesburg, Ohio, crees que otras obras son sucedáneos, a pesar de que su estilo es mucho más sencillo que el de Faulkner, pero mucho más oscuro que el de Hemingway, por ejemplo. Aunque en algunas cuestiones tiene cierta moralina, el estilo es demoledor. Se tacharon sus historias de “sórdidas”, que se desarrollan en una zona rural, inventada, aunque exista un pueblo con el mismo nombre. Es un momento en el que la sociedad industrial comienza a variar las tradiciones y comportamientos. Estos personajes se encuentran en un impasse, aunque ni ellos mismos lo sepan. Sus vidas son un fiel reflejo, no sólo del Medio Oeste americano en las primeras décadas del siglo pasado, sino que puede que nos explique algo más del tremendo cambio al que nos vemos abocados en esta tercera revolución industrial en la que estamos inmersos. Podemos leer estos veintidos relatos desde nuestros cómodos sillones como algo lejano y escabroso o contemplar nuestra provinciana imagen en un espejo más grande en el que recordar aquella frase de Lampedusa: “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Sé que a veces es desolador y es duro. No, no es necesario escribir así, pero es imprescindible que, al menos de vez en cuando, recordemos que el mundo no gira a nuestro alrededor.

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ALFREDO CONDE: MEMORIA DE NOA

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El verano se ha alargado más de lo habitual este año y por lo que a este blog se refiere. No es que me haya olvidado de vosotrxs, sino que la vida a veces va más deprisa o despacio de lo que nos gustaría. Tanto si esta excusa, barata por lo demás, os sirve o no no me concierne. Lo cierto es que la frecuencia de mis entradas pasará a ser quincenal o no será, lo que me concederá un tiempo imprescindible para otros menesteres, primordiales, en este momento. Espero que las críticas de las lecturas que vienen os resulten interesantes 🙂

Me encuentro inmersa en un proceso de cambio a todos los niveles y esto, por lo que a la literatura se refiere, y por lo que a mí respecta, sólo quiere decir que voy a lo seguro. Nada de experimentar cuando vas pisando huevos por la vida, motivo por el cuál, he ido a uno de mis grandes referentes, Alfredo Conde. En este caso, como en otros que vendrán, relacionados con vivencias y la narración de esas vivencias, algo que tiene que ver con mi próximo trabajo. Para los que no me conocéis, este blog no sigue modas sino mis propios impulsos.

Noa, la protagonista, es hija de un cura, nacida del amor y amada por su padre, no tanto por su madre, algo psicológicamente mucho más peligroso. Es probable que ese sea el detonante de esta búsqueda en la que el sexo, sin ser lo más importante de la novela sea relevante. Veamos. Todos tenemos una idea de nuestra identidad que intentamos alejar de nuestra identidad sexual, pero son una. No es que seamos lo que deseamos pero tampoco lo contrario. En el fondo la pregunta es si es necesario el amor y también si lo es el sexo y dado que la protagonista es una mujer y el autor no (distingamos autor de narrador), el conocimiento de las mujeres se hace imprescindible o toda la estructura de la obra se iría al traste, lo que, por fortuna, no sucede, y sí la convierte en un alarde introspectivo.

Empieza lenta, como todas las obras de Conde, para terminar apoteósica. Noa utiliza unas sesiones de carreras por la naturaleza para pensar en su vida. Es difícil entrar en el personaje por el lenguaje lírico que no esperaba y que sea a la vez tan racional como para medir el amor y también el sexo, pero así vamos siendo a medida que maduramos: hacemos caso a nuestra mente, olvidamos lo que no debemos y recordamos lo que no queremos las más de las veces, lo que nos convierte así en la cantidad justa de los intersticios de ambas. El gran acierto de Conde ha sido no intentar diseccionar cómo es una mujer, ni decirnos lo que lleva dentro, ni mucho menos juzgar o idolatar. El ser humano es más bien poco pero difícilmente definible, incluso para sí mismo. Nos engañamos e intentamos hacer lo propio con los demás. La familia, tantas veces problemática nos sirve de marco en esta historia para dar voz a una vida que debe ser inequívocamente nuestra y que Alfredo Conde, una vez más, nos anima a reivindicar.

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