ULISES BÉRTOLO: ORTHODOXIA

ulises bertolo

Confieso mi falta de asiduidad en lo referente a novelas históricas, aunque disfrute, como la que más, con las películas basadas en dichas novelas. Sin embargo, nada es comparable al placer de la lectura, sobre todo, si tenemos delante un gran escritor  como es Ulises Bértolo. Con esta segunda obra, tras el éxito de La sustancia invisible de los cielos (Planeta), el listón estaba muy alto, algo que el autor, abogado de profesión, ha sabido sortear con mucho talento. Pero en Orthodoxia, la historia ni es un asunto tangencial ni traído por los pelos de la moda. Bértolo ha sido nombrado Caballero de la Orden y esta novela ha sido coeditada por la Academia Xacobea, perteneciente a la Orden del Camino de Santiago, por la rigurosa manera de tratar la Orden dentro de Orthodoxia, por lo que podemos deducir que se trata de una pasión y todos sabemos cómo salen las cosas cuando las hacemos con entusiasmo.

No obstante, lo más destacable de esta potente obra es lo cinematográfica que resulta, dado el equilibrio en la resolución de las tramas y la creación de distintos ambientes que cambian de época, algo técnicamente complejo. En cualquier caso, sin unos personajes retratados con credibilidad y verosimilitud, todo lo indicado hasta ahora no tendría sentido. Sin duda, Sandra, la guardia civil protagonista hace un estupendo equipo junto a eruditos y otros agentes de la ley y se ha ganado, en mi opinión, un lugar propio en otras novelas que recreen también un thriller histórico o no.

En resumen, Orthodoxia muestra un ritmo trepidante, tramas rigurosamente ancladas en la historia, diálogos logrados e interesantes puntos de giro, que enganchan al lector desde la primera página. Ulises Bértolo es un escritor que va a dar mucho que hablar y del que confío que nos sorprenda con otra estupenda novela en breve.

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CARLOS ROJAS: AZAÑA

carlos rojas

Os he dejado huérfanos de críticas en el blog durante unos meses, pero he seguido publicando para otros medios que iré compartiendo. Os dejo aquí la reseña del libro Azaña, del escritor catalán Carlos Rojas Vila, aparecida en la revista digital española La República Cultural, a la que agradezco la confianza desde aquí. Pinchando en el enlace véis el artículo en la revista.

Rojas ganó con esta obra el Premio Planeta en 1973, fue catedrático de literatura en la Universidad de Emory en Atlanta y ha escrito numerosos ensayos y novelas, opuestas al realismo social. Se le ha agrupado en lo que se denominó, Escuela metafísica, con autores como Antonio Prieto o Andrés Bosch. Otros premios en su haber son el Nacional de Narrativa (1968), el Ateneo de Sevilla (1977) y el Nadal (1979). Su última obra, hasta el momento, es el ensayo Diez crisis del franquismo (2003). Con esta crítica explico la diferencia entre novela histórica y novela historiográfica. Espero que sea de vuestro interés. Como siempre, gracias por estar ahí. Dentro de muy poco buenas nuevas.

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Manuel Azaña fue Presidente de España (1936-1939) y una figura que aún hoy despierta sentimientos encontrados. Carlos Rojas ganó el Premio Planeta en 1973 con una estupenda novela titulada Azaña, cuando la tendencia novelística privilegiaba el discurso y la experimentación técnica. Con la transición a la democracia la literatura perdió su carácter de arma política, lo que abrió un abanico de posibilidades. En un momento tan delicado para nuestro país (como el que también vivimos ahora) se intenta volver la mirada hacia el pasado para recuperar momentos esenciales: los años de la guerra civil y de la postguerra, heridas que aún no están cerradas.

La visión real del personaje nos la proporciona Rojas en una síntesis biográfica al principio de la obra y es la de un hombre abatido que huye de España tras varios intentos fallidos de solucionar el conflicto civil por medio de una paz negociada. Se produce una desmitificación, no sólo del personaje sino también de la historia, típica de las novelas de corte postmoderno. No  debió de resultarle complicado a Carlos Rojas convertir a Azaña en un antihéroe, puesto que, para muchos, ya lo fue en vida. De él sólo nos llega lo esencial o lo anecdótico. Según esto, cabría una distorsión entre su imagen pública y su imagen privada, pero eso siempre le había sucedido.

La narración nos lleva en un vaivén de circularidad que comienza en el año 39, con Azaña ya enfermo, que recordará momentos esporádicos de su vida y recuperará escenarios, sucesos y personajes más o menos distanciados en el tiempo histórico y narrativo. Azaña es una novela historiográfica (no histórica), esto quiere decir que se produce una parodia del proceso de escritura y, por tanto, del propio discurso histórico. Se pone de manifiesto el carácter ficticio del texto al mezclar acontecimientos reales e inventados, cambiar lugares de nombres o, por ejemplo, al describir personajes ficcionales e históricos. La autorreflexividad narrativa en Azaña tiene en cuenta, en primer lugar, que la novela se reconoce a sí misma como texto que se observa desde fuera y pone de manifiesto su carácter ficticio. En segundo lugar, utiliza otros escritos, mencionados en la narración, como los Diarios de Azaña o La velada en Benicarló. El propio autor añade en el epílogo otros materiales empleados, así como su utilización en la novela que rechaza ser una novela histórica. En su opinión, el error de de estas obras denominadas históricas se produce porque la literatura es incapaz de representar el pasado por la imposibilidad de conocerlo de forma exacta. Para evitar estas confusiones tan habituales, Rojas ha variado la cronología de ciertos eventos. A pesar de todo, ha pretendido ser veraz y, sobre todo, digno, porque queda bien claro que su intención era escribir una novela y no darnos una clase de historia. Es el lector quien debe “revivirla y recrearla”.

Los premios Planeta no suelen ser recordados en el tiempo, pero aquí tenemos una obra que merece la pena recuperar del olvido, en especial en este momento político en el que nos encontramos. De Azaña se han dicho y se dirán muchas cosas, sin embargo, la visión de Rojas, a pesar de estar escrita en los estertores de la época franquista, presenta a Azaña como ser humano y personaje a un tiempo de este teatro del mundo, sin olvidar que la historia es una ficción que se inventan los ganadores.

 

ALFREDO CONDE: EL BEATO

 

alfredo conde

En este país de enchufes y mangoneos es especialmente sangrante el que sufren determinados autores que no cuentan con las campañas de marketing y tiradas ingentes de ejemplares de algunos de aquellos que mejor harían en dedicarse a otros menesteres. Ésta es, a mi parecer, la situación de Alfredo Conde, sin duda un referente para la literatura española cuyo  reconocimiento me resulta escaso. Las razones para que sea uno de mis autores imprescindibles son muchas y variadas, pero veamos alguna de ellas aplicada a la novela que nos ocupa.

El beato, que ha ganado el Premio Ateneo Ciudad de Valladolid, cuenta la historia de un hombre venido a santo, Fray Julián de Chaguazoso, aunque no tiene muy claro cómo. A través de las láminas que fray Tadeo de la Aguadilla hiciera  siglos después, el protagonista enmienda la plana a su hagiógrafo con esa socarronería tan típica de Don Alfredo y ese humor de buen gallego, que vemos en sus varios niveles de lectura. La vida de Fray Julián está marcada por la ironía de que las cosas sucedan por azar o por la obra de Dios. Un misterio insondable que no preocupa a este hombre determinado y trabajador que llegó a las Indias a hacer las Américas y encontró la santidad.

Las hagiografías o vidas de santos han sido un género muy leído por grandes escritores, pero nunca han estado exentas de exageraciones, cuando no de invenciones y mentiras, de ahí que  El beato tenga un punto paródico, ya que es el propio intresado quien nos cuenta la realidad de su existencia. Y por aquellas otras ironías resulta que la edición de la novela ha coincidido en el año de canonización de Teresa de Calcuta, que cuenta también con detractores, no sólo por la extrema rapidez del proceso, sino porque en todo ser humano hay luces y sombras, que a algunos se perdonan mejor que a otros y que se ocultan de manera flagrante en las biografías.

No obstante, El beato es una obra con más acción de la esperada a priori, en la que subyace una crítica (feroz, diría yo) hacia las instituciones tanto civiles como eclesiásticas que se enriquecieron al usar el nombre de Dios en propio beneficio amén de utilizar todo tipo de vilezas y crueldades para detentar el poder en unas tierras ya habitadas, aunque nadie pareció darse cuenta. La violencia tanto de unos como de otros, las pasiones o la venganza narradas con la normalidad de quien las vive desde dentro no nos puede llegar a sorprender, porque esto de que la historia se repite es más bien cierto y, en mi opinión, es uno de los alicientes de esta novela. Así que os recomiendo El beato vivamente, porque para sobrellevar lo que nos queda nada mejor que la maestría y el humor de Don Alfredo, tan negro tantas veces, tan recomendable todas ellas. Va para usted un abrazo.

P.d. Para los que hayáis leído Ostranenie mi libro de relatos y fotografías junto a masLucena, deciros como curiosidad que el relato “Los días fueron otros” está dedicado a Don Alfredo.

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