BARRY GIFFORD: UNA PUERTA AL RÍO

Os pongo en antecedentes: de Barry Gifford seguro que habéis visto alguna película de sus novelas, puede que Perdita  Durango o Corazón salvaje. O quizá lo fuera el guión de un filme de David Lynch, con quien colabora. Le apasiona el cine negro y os puedo asegurar que la literatura norteamericana. Aparte de novelas y guiones de cine, también escribe ensayos, libros de poemas y teatro. Y aún así no me sonaba mucho su nombre y mucho menos su cara. Pero ya hemos puesto remedio.

Pues bien, decíamos que es un fanático del cine y de la literatura norteamericana, cuestiones que están presentes y no sólo eso, sino intrínsecamente unidas a esta obra, su obra magna. Pasó 20 años escribiéndola y se trata de una serie de recuerdos contados por un crío de siete años de la época de los 50 y primeros 60. Aquél mundo turbulento que marca la infancia y adolescencia del protagonista es un mundo fragmentado, siendo precisamente el fragmentarismo la característica principal de la literatura norteamericana postmoderna y de esta novela que no es una novela. Se trata de muchos relatos breves, unidos por la biografía del joven y el contexto pero separados entre sí. Esto es algo típico de la literatura norteamericana, aunque no de manera exclusiva. Aparecen grandes ciudades como Chicago o Nueva Orleans, problemas con la madre y los tópicos de la Norteamérica de postguerra, con lo que se pueden palpar las influencias de Mark Twain y Huckleberry Finn, del Buscavidas de Walter Tevis en esas escenas de billar o de Moby Dick en el sueño de querer ser marinero del protagonista. Por supuesto, hay muchísimas otras referencias literarias así como cinematográficas. En realidad parece que estemos en un travelling que nos lleva de un lado a otro,como si leyéramos una película, como si estuviéramos viendo imágenes y, sobre todo, contemplando las influencias, gustos y biografía del autor todo a la vez.

Dividida en tres partes, “Un buen elemento”, “Wyoming” y “Una puerta al río”, se centra en temas como la inmigración, el sueño americano y referencias a la guerra de secesión o la Segunda Guerra Mundial. La forma de escribir es sencilla, poco dada a las florituras. El único exceso que veo es el número de páginas, porque me ha costado meterme en un personaje que salta de una cosa a otra, de una ciudad a otra, de un pedazo de historia a otra. Mi opinión es que es demasiado visual, demasiado cinematográfica. Es una delicia de lectura, puede que sea una forma de escribir que me encanta, pero es un atracón de trocitos, como si no hubiéramos dejado ni un bombón en la caja, así que me he terminado por aburrir. Es tal el esfuerzo de Gifford por dejar reflejadas las influencias y tal su ansia de perfección que, al menos conmigo, no ha logrado su objetivo. Es una buena novela, pero no está a la altura de las grandes novelas norteamericanas y estoy hablando de Hemingway,  Fitzgerald, Anderson, Cheever o Faulkner entre muchos otros. Falta enjundia y, posiblemente, sobra esfuerzo. Alguien me ha dicho hace unos días que las ardillas no se esfuerzan para trepar a los árboles ni los delfines sufren demasiado al nadar en el mar. En fin, cada uno con sus limitaciones. En cualquier caso, consiguió un merecido premio, el de la Christopher Isherwood Foundation for Fiction 2006. A ver si me decís qué pensáis.

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