ELLIOTT SMITH: “A FOND FAREWELL”

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Desde MONÓLOGO INTERIOR venimos diciendo desde hace tiempo que hay grandes historias en muchas canciones como en las de  Johnny Cash (“Out Among The Stars”), John Hiatt (“Nobody Knew His Mame”), Bruce Springsteen ( “My Father’s House”)Dave Alvin  (“Harlan County Line”) , de nuevo John Hiatt  (“Have a Little Faith In Me”) ,Hozier  (“The Arsonist’s Lullaby”) y Sarah Jaffe (Watch Me Fall Apart). Hoy le toca el turno a una canción de Eliott Smith, ” A Fond Farewell”. Smith se hizo famoso cuando su canción Miss Misery, incluida en la banda sonora de la película El increíble Will Hunting, fue candidata a los Óscar como mejor canción original de 1997. Smith luchó contra la depresión, el alcoholismo y la drogadicción durante años, lo que se refleja en sus canciones. Murió en 2003, a los 34 años, de una puñalada en el pecho aparentemente autoinfligida. La canción trata del suicidio y, por favor, no sigáis la traducción al pie de la letra. Es una de esas canciones que no se hace necesario entender lo que dice para sentir lo que expresa. Es poética, pero me ha parecido que es una historia sintética y autobiográfica del dolor psíquico y por eso quería compartirlo con vosotros.

No obstante, yo he conocido a Eliott a través de un disco tributo: Seth Avett & Jessica Lea Mayfield Sing Elliott Smith, que incluye sus canciones más famosas. En el link de Eliott encontraréis la versión original y aquí la versión de esta triste canción, una de las pocas que me ha hecho llorar junto con “Hurt” de Johnny Cash o la versión de Billy Bragg y Wilco de “When Roses Bloom Again”, de la que ya hablaremos.

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Eliott Smith “A Fond Farewell” versión de Seth Avett & Jessica Lea Mayfield

The Litebrite’s now black and white
‘Cos you took apart a picture that wasn’t right
Pitch burning on a shining sheet
The only maker that you want to meet
A dying man in a living room
Whose shadow paces the floor
Who’ll take you out in the open door
This is not my life
It’s just a fond farewell to a friend
It’s not what I’m like
It’s just a fond farewell to a friend
Who couldn’t get things right
A fond farewell to a friend
He said really I just want to dance
Good and evil match perfect, it’s a great romance
And I can deal with some psychic pain
If it’ll slow down my higher brain
Veins full of disappearing ink
Vomiting in your kitchen sink
Disconnecting from the missing link
This is not my life
It’s just a fond farewell to a friend
It’s not what I’m like
I’ts just a fond farewell to a friend
Who couldn’t get things right
A fond farewell to a friend
I see you’re leaving me
And taking up with the enemy
The cold comfort of the in-between
A little less than a human being
A little less than a happy high
A little less than a suicide
The only things that you really tried
This is not my life
It’s just a fond farewell to a friend
It’s not what I’m like
It’s just a fond farewell to a friend
Who couldn’t get things right
A fond farewell to a friend
This is not my life
It’s just a fond farewell to a friend
TRADUCCIÓN Berta Delgado Melgosa
El Litebrite está en blanco y negro
Porque quitaste una imagen que estaba mal
Brea candente en una hoja brillante
El único creador que querrías conocer
Un hombre muere en una sala de estar
Cuya sombra marca el ritmo en el suelo
¿Quién te sacará por la puerta?
Esta no es mi vida
Es una despedida a un amigo
No es como soy
Es una despedida a un amigo
Que no podía hacer las cosas bien
Es una despedida a un amigo
Dijo: “sólo quiero bailar”
Lo bueno y lo malo se unen a la perfección, es un gran romance
Puedo soportar un poco de dolor psíquico
Si fuera más lento mi cerebro superior
Venas llenas de tinta que desaparece
Vómitos en el fregadero de la cocina
Desconexión del eslabón perdido
Esta no es mi vida
Es una despedida a un amigo
No es como soy
Es una despedida a un amigo
Que no podía hacer las cosas bien
Es una despedida a un amigo
Veo que me vas a dejar
Y te vas con el enemigo
El frío consuelo del espacio en medio
Un poco menos que un ser humano
Un poco menos que un chute
Un poco menos que un suicidio
Las únicas cosas que de verdad intentaste
Esta no es mi vida
Es una despedida a un amigo
No es como soy
Es una despedida a un amigo
Que no pudo hacer las cosas bien
Es una despedida a un amigo
Esta no es mi vida
Es una despedida a un amigo

LÁSZLÓ KRASZNAHORKAI: GUERRA Y GUERRA

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En esta foto László Krasznahorkai me recuerda a Chejov o a algún escritor ruso de los que tanto me gustan, en parte, por el físico y el tipo de fotografía y, en parte, porque su estilo es indiscutiblemente personal y tiene algo del conocimiento humano que aparece en las obras de los grandes novelistas rusos. Esto no le sucede sólo a él, ya lo sé, pero es muy característica la introspección de sus personajes como si no fuera tal y su aversión por los puntos. El caso es que te acostumbras a navegar entre comas como si fueras en un crucero en el que, al menos en apariencia, nada hace presagiar que suceda algo grandioso. Sin embargo no es así. Es todo lo contrario. Y de eso va precisamente Guerra y guerra.

El autor quería que otra de sus obras, de la que ya hice una reseña, Ha llegado Isaías, se leyera junto con ésta, así que volveré a leerla de nuevo. La verdad es que no os pude contar mucho del tema sin destriparos el libro, sólo os diré que es impactante. Ambas lo son.

Krasznahorkai me gusta más que Kenzaburo Oé en su obra Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (os dejo mi reseña) pero me recuerda a él por su tratamiento de la misma como algo enteramente normal. Es más, es como si los que nos consideramos cuerdos fuéramos los auténticos locos, lo que también me lleva a Antonin Artaud en Para terminar con el juicio de Dios (os dejo mi reseña también), que se sitúa en un mismo plano que Korin, el protagonista de Guerra y guerra. Korin se empeña en dar a conocer la gran verdad que encontró de casualidad, como todos los grandes descubrimientos. En esta novela todo es pura ficción pero, a la vez, demasiado real. Nos sentimos contagiados de la verborrea incontenida de Korin, quien tiene un objetivo en esta vida al que, sin embargo, se ve abocado sin posibilidad de negarse. Le ayudarán distintas personas, de manera más o menos consciente, e iniciará un viaje de Hungría a Nueva York donde nos encontraremos con situaciones surreales que terminamos creyendo posibles, porque así es el fanatismo. Korin es una especie de resistente pasivo en busca de su Santo Grial o, mejor, lleva consigo el anillo de poder y todos a su paso se rinden a la evidencia: si alguien sabe dónde va los demás se apartan. Le ayuda en su camino no meterse con nadie imbuido en su idea fija, como si nada más le importara, bueno, es que nada más le importa, no se importa ni él mismo. Impresiona su conocimiento de cómo funciona el mundo, lo que podemos resumir en: el mundo funciona con dinero, tu mundo culmina con tu muerte, hay algo más grande que tú. Saber esto no es estar loco, llegar a esas conclusiones me parece grandioso e inefable. Quizá no todos lo entiendan pero en esta vida sólo hay guerra y guerra y se repite una y otra vez. Esa es su enseñanza pero quiere mostrarla al mundo. Korin tiene un propósito, un solo objetivo que debe cumplir. Quizás tú y yo estamos locos por no haber sido capaces de encontrar nuestro propósito. Quizás el cuerdo es él. Pero lo que es seguro es que el dinero mueve el mundo.

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JAVIER CERCAS: LA VELOCIDAD DE LA LUZ

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La velocidad de la luz es una novela correcta pero floja. Ni siquiera sé el porqué del título, pero igual no he prestado suficiente atención. No os voy a negar que mi único interés en su lectura se centraba en la relación que el protagonista mantiene con un veterano de Vietnam. Es posible que tenga tintes autobiográficos y eso la haga aún más tonta.

Para los que aún no me conocéis, me doctoré en Teoría de la literatura con una tesis sobre la guerra de Vietnam: Neither Eagle Nor Serpent: la guerra de Vietnam como tema literario en la novela chicana.   Así que he conocido varios veteranos de Vietnam, alguno con estrés postraumático, que es lo que sufre el personaje de Rodney Falk, algo que no se menciona explícitamente. Tengo, pues, una conciencia bastante clara del tema y lo que ha hecho el señor Cercas es leerse cuatro libros (esto es literal, los menciona en el epílogo) y ha extraído unas conclusiones, que son las de la mayoría de la gente, es decir, lo que le sale es el topicazo: veterano con problemas de readaptación a la vida civil, incomprensión de la sociedad, bombas en las cestas de cerveza que llevaban los niños o la matanza prototípica de My Khe, probablemente, My Lai. El problema no es que no esté documentado, ni siquiera que no lo esté correctamente, sino que no sale de ahí, ha creado un personaje que no deja de parecerlo, es decir, el personaje es un cliché. 

El protagonista y narrador es un catalán que va a dar clases de español a una ciudad del medio oeste estadounidense y conoce a este veterano, del que ya le dicen que es muy raro. Inician una relación de amistad que no queda suficientemente bien justificada por la importancia que se le da a lo largo de la novela. Es decir, el lector no sabe por qué es tan importante para el narrador, ni por qué muchos años después querrá contar su historia cuando ya habían perdido el contacto.

En mi opinión, Cercas se confía demasiado y cuenta más que muestra. En Teoría literaria se nos explica la diferencia entre contar lo que ocurre, por ejemplo, el protagonista es cojo o mostrar, lo que equivaldría a describir el sudor que recorre su frente cuando arrastra el pie por el empedrado, es la dicotomía telling / showing. El autor nos cuenta hechos conocidos por todos, puesto que Vietnam fue la primera guerra televisada, tenemos tantas imágenes en la cabeza, que parece que nos sobran las palabras, pero eso es precisamente lo que falta. Falta salirse de lo que nos han contado y meterse en la piel de esa persona. Es cierto que intimida saber que ese amigo con el te tomas unas cervezas ha matado, puede que torturado y/o violado a alguien, pero también es cierto que no sabemos que habríamos hecho nosotros en su lugar. Las pinceladas que da Cercas sobre el personaje del veterano son tan ridículas, tan de manual que no es que no sean creíbles, es que para decir sólo eso, lo que se ha dicho una y otra vez, es mejor no decir nada.

Os dejo aquí  y aquí dos entradas sobre literatura de trauma que hice hace un tiempo, que estudia las narraciones de quien ha vivido una  experiencia traumática. Cómo veréis, hay mucho que decir y que explicar en el caso de entender ese tipo de situaciones. Pero hay que hundirse en el fango, en el miedo, para entrar en la mente de un soldado, por ejemplo. No hace falta haber ido a una guerra para querer comprender. Sólo hace falta escuchar y está claro que si Cercas conoció un veterano de Vietnam no entendió lo que estoy segura que le dijo, aunque fuera sin palabras, porque es muy difícil escuchar lo que no se quiere oír. La intención de Cercas era buena, sin duda, el resultado flojo.

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JOSEPH ROTH: FUGA SIN FIN

La mayor parte de los autores escriben obras modestas, en las que los protagonistas, poco originales, se enfrentan a situaciones que se resuelven en un clímax que modificará su mundo o visión del mismo. Por lo general, se trata de adversidades que suelen dividir a los personajes entre héroes y antihéroes a la manera que, por desgracia, la sociedad nos divide entre ganadores y perdedores. Luego están los genios. Es decir, los escritores modestos siguen las normas y los genios se las saltan a la torera. Joseph Roth está entre estos últimos. Roth forma parte de mi tribu de imprescindibles desde que un gran amigo me lo recomendó hace ya años. Su estilo es muy personal porque, aunque no es duro, tampoco hace concesiones. A veces es poético y conoce el alma humana como sólo lo pueden hacer los grandes.

Fuga sin fin nos muestra el final de una época en plena Revolución Rusa. Aún no tengo una opinión sobre el protagonista porque no sabemos sus aspiraciones ni su objetivo. Va a salto de mata, es alguien a quien ni odias ni amas. Su mundo ha cambiado e inicia un viaje que le llevará a distintos lugares donde conocerá a diferentes personas, incluso se reencontrará con su hermano. No da la sensación de estar tan perdido como estamos la mayoría de nosotros, en fuga permanente. Parece más bien que se mueva por sobrevivir al aburrimiento. Nada le gusta mucho ni le disgusta especialmente y es esa falta de propósito concreto lo que le acerca a la actualidad, en la que las circunstancias nos terminan por moldear. Pero nuestra época no es distinta a otros momentos históricos. Al contrario, por desgracia, tenemos un mundo en disolución y sólo al conocer la historia, también a través de los grandes autores, podremos entender al ser humano, que suele vagar sin rumbo por esa vida “que nos ha tocado vivir”. Sin embargo, no creo que Roth tenga una visión mecanicista de la historia, en la que seríamos meros comparsas, sino que cree que el hombre puede crear su vida, más o menos, aunque sea de una manera inconsciente mediante una fuga sin fin.

Os dejo aquí otra crítica que hice de su obra El triunfo de la belleza. Espero vuestras opiniones en bertadelgadomelgosa@gmail.com<3

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QUIM MONZÓ: OCHENTA Y SEIS CUENTOS

Para Quim Monzó la vida es digna de ser sacada de quicio. Algo así como sacar punta a todos y cada uno de los detalles que nos pasan desapercibidos a la vez que mete el dedo en la llaga. Monzó es uno de los mejores escritores españoles, suele escribir en catalán, se le ha traducido a distintos idiomas y ha ganado numerosos premios.

Ochenta y seis cuentos es una obra que trata infinitos temas y donde encontramos una aproximación a las relaciones humanas desde el absurdo. Se le ha comparado con Kafka, Borges y Rabelais, con quien más veo relación, por sus exageraciones. Uno tiene la sensación de que la temática que aborda es intrascendente, pero necesitamos poner de nuestra parte para conocer la lógica del absurdo y la hipocresía manifiesta de las relaciones, que alcanzan la grandeza en la mayoría de sus finales inciertos y sorprendentes.

Sus cuentos suelen ser breves, pero Ochenta y seis cuentos es una obra extensa, que hay que leer con tiempo para degustar que tras las generalizaciones ridículas de personajes que se parecen demasiado a nosotros, están los mensajes subyacentes y la crítica corrosiva a la sociedad expresadas con un humor particularmente negro. La falsa simplicidad de su prosa nos perjudica a la hora de buscar el sentido de los relatos, a los que nos enfrentamos como quien mira un cuadro abstracto aunque, conociendo a Monzó, sería más acertado decir “como si fuera un póster porno”. Te acercas al texto, te alejas, te ríes y, algunas veces, te quedas incómodo al verte inmerso en el aspecto surreal de la vida cotidiana.

Os dejo aquí la crítica que hice de El porqué de las cosas, pero si me permitís, os recomiendo Mil cretinos (2012). La diferencia con Ochenta y seis cuentos (1999) es sutil pero importante, no sólo en extensión, sino porque lo escribió tras la enfermedad degenerativa de sus padres y sentí que sus palabras habían ganado humanidad.

Sin duda, Monzó está entre mis escritores imprescindibles y uno de los que más me ha influido, sobre todo en Ostranenie. Sé que, a pesar de que podemos hablar de una resurrección de los relatos debido al empujoncito del Nobel a Alice Munro (que me sigue sin gustar), es un género al que no se ha dado la debida importancia. Quim Monzó es un excelente autor para iniciarse en los cuentos a la vez que nos reímos a carcajadas. Contadme qué os parece.

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ALEXANDER PUSHKIN: HISTORIAS DE BELKIN

 

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Os dejo aquí mi último artículo para la revista Opulix.com, contadme que opináis en bertadelgadomelgosa@gmail.com ❤

A veces me preguntan por qué la mayoría de mis críticas no están dedicadas a libros recién publicados y siempre digo lo mismo: yo reseño lo que leo a medida que lo leo, así que vuelvo a mis intereses en literaturas como la japonesa o la rusa, aunque procuro variar épocas, autores y tendencias. Reconozco que con los autores actuales voy poco a poco, pero mantengo la mente abierta.

Cuando empecé a leer Historias de Belkin (1830) no pensé que iba a ser tan divertido a la vez que profundo y actual. Pero es que los seres humanos no variamos tanto por mucho que se empeñe la tecnología. Que unos relatos acerca de la vida rusa y sus particularidades propias de los años veinte y principio de los treinta del siglo XIX no resulten desfasados es de un valor inmenso, otro motivo para volver a los grandes, volver atrás y aumentar el conocimiento del ser humano independientemente de los detalles de cada época: vayamos a las fuentes y aprendamos de los mejores.

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Los cuentos de Historias de Belkin son divertidos e ingeniosos. Son cinco historias individuales y no relacionadas, anotadas por el difunto Iván Petrovich Belkin, que narraron originalmente cuatro individuos distintos. Mi favorito es “La parada de postas”, donde la tragedia se torna en melancolía, siempre presente en las obras rusas. Así pues, con temas como el honor, el amor, la familia o los duelos estos cuentos anuncian muchos de los caminos por los que evolucionaría la literatura del siglo XX, como sugieren esos distintos narradores y sus distintos puntos de vista, así como las palabras finales de uno de los cuentos: “Los lectores me disculparán por saltarme el innecesario deber de describir el desenlace de esta historia”. Pushkin es la avanzadilla, mucho más que Turgueniev, en mi opinión, de un nuevo modo de entender la literatura menos sujeto a normas y usos que emborronan el verdadero propósito del escritor. Y en esas nuevas formas, el lector se sitúa no como un ente abstracto y pasivo, sino como un “tú” presente en el texto y que deberá hacer un esfuerzo para dar un nuevo sentido, quizá el suyo propio, a esos cuentos. La imaginación los invade, su mirada es irónica, con toda probabilidad, una de las claves de su actualidad. Y si decíamos que es importante beber de las fuentes a veces lo es más atender a lo que nos dicen otros grandes autores que consideran a Pushkin un escritor fundamental, como indica F.M. Dostoievski:

“Pushkin fue el primer escritor que convirtió en arte la belleza del alma rusa, una belleza que había permanecido oculta hasta entonces, y que él se encargó de encontrar entre las gentes de nuestro país.”

Espero haberos dado unas pautas por las cuales debemos incluir alguna obra del gran maestro Pushkin en nuestra biblioteca.

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TERRY EAGLETON: CÓMO LEER LITERATURA

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Mi primer contacto con Eagleton fue a los 20 años. Tenía que leer un artículo suyo y escribir un ensayo que respondiera a la pregunta que el propio autor lanzaba: ¿qué es la literatura? Unos cuantos años más tarde sigo sin poder responder a dicha cuestión, aunque quizá tenga algo más claro que, a pesar de que las fronteras entre lo bueno, lo malo y lo menos malo son difusas, sí podemos responder con cierto criterio. La crítica literaria tiene el poder de desgajar los textos de manera que al dejarlos desnudos veamos lo que nos muestran y dar una visión con impertinencia y sentido del humor que es lo que hace Eagleton con maestría. Lo que ocurre es cuando uno se adentra, aunque sea de refilón, en los entresijos literarios y se convierte en autor, todo es más confuso aún y lo no literario parece ser lo que hacen los demás.

En aquel momento, mi ensayo giraba entorno a que lo que no vende es malo, lo que no está publicado también y que, como decía Juan José Millás, “es mejor no arriesgarse en lo que más se juega uno”. Por aquel entonces me horrorizaba no saber distinguir el grano de la paja y escribir sólo para uno mismo. No obstante, aunque los estereotipos y las convenciones, los prejuicios y el marketing nos impongan sus leyes, como vimos con otro gran crítico como Harold Bloom, hay cuestiones que nos dan la pista sobre cómo leer y cómo descubrir, por tanto, la pasta de la que están hechas las obras. Obras que soportan mejor que otras la interpretación, en las que la calidad de la prosa o la poesía que pergeñan los autores acompañen a la lengua en la experiencia humana.

Eagleton es profesor de literatura inglesa en la Universidad de Lancaster, aunque se doctoró en Cambridge y ha dado clase en Oxford. Lo que hace especial el pensamiento Eagleton es la unión que hace en sus escritos de la teoría literaria, los estudios culturales, el marxismo y el psicoanálisis. Su visión está entre el realismo y la decepción porque, lo que Nietzsche llamaba “lectura lenta”, no es que esté en decadencia sino en peligro de muerte. Su intención es la siguiente:

Lo que pretendo es proporcionar a lectores y estudiantes las herramientas básicas del oficio crítico, sin las cuales difícilmente podríamos ocuparnos de otros aspectos. Durante el proceso espero demostrar que el análisis crítico puede ser divertido y contribuir con ello, además, a contradecir el mito que nos presenta el análisis como enemigo del placer de la lectura.

Cómo leer literatura es un libro que uno disfruta, incluso a carcajadas, y en el que se descubre que no hay una única interpretación. Lo que hace que un texto funcione es que el lector formule suposiciones de manera continua y, del mismo modo, que las obras sugieran actitudes a los lectores. Sin embargo, nada es inmutable. Lo que ahora consideramos inmortal puede dejar de serlo en el futuro, pero quizá no sea eso lo que deba preocuparnos. Todas las interpretaciones son parciales y provisionales, nos dice Eagleton. El valor se ha medido a lo largo del tiempo con respuestas tales como […] “la verosimilitud, la unidad formal, el atractivo universal, la complejidad moral, la inventiva verbal, la visión imaginativa […]”. Otros conceptos han sido la originalidad o que la obra   pueda crear nuevos significados a lo largo del tiempo y todas estas cuestiones son válidas.

El problema es que si no nos paramos a leer con atención y conocemos parte de la historia de la humanidad a través de sus obras literarias no vamos a tener la habilidad, no de saber si algo es literario o no, sino que seremos incapaces de comprender la profundidad del pensamiento humano, porque muchas de sus expresiones literarias empiezan a ser intrascendentes y nadie parece darse cuenta. Nos estamos convirtiendo en estúpidos egocéntricos en busca del placer inmediato y hablo tanto de lectores como autores. Eso que llamamos “el placer de la lectura” no está reñido con una lectura analítica, por lo que conocer aspectos formales nos permitirá acercarnos a la tradición literaria, además de proporcionarnos las herramientas para entender mejor la literatura y el mundo.

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BARRY GIFFORD: UNA PUERTA AL RÍO

Os pongo en antecedentes: de Barry Gifford seguro que habéis visto alguna película de sus novelas, puede que Perdita  Durango o Corazón salvaje. O quizá lo fuera el guión de un filme de David Lynch, con quien colabora. Le apasiona el cine negro y os puedo asegurar que la literatura norteamericana. Aparte de novelas y guiones de cine, también escribe ensayos, libros de poemas y teatro. Y aún así no me sonaba mucho su nombre y mucho menos su cara. Pero ya hemos puesto remedio.

Pues bien, decíamos que es un fanático del cine y de la literatura norteamericana, cuestiones que están presentes y no sólo eso, sino intrínsecamente unidas a esta obra, su obra magna. Pasó 20 años escribiéndola y se trata de una serie de recuerdos contados por un crío de siete años de la época de los 50 y primeros 60. Aquél mundo turbulento que marca la infancia y adolescencia del protagonista es un mundo fragmentado, siendo precisamente el fragmentarismo la característica principal de la literatura norteamericana postmoderna y de esta novela que no es una novela. Se trata de muchos relatos breves, unidos por la biografía del joven y el contexto pero separados entre sí. Esto es algo típico de la literatura norteamericana, aunque no de manera exclusiva. Aparecen grandes ciudades como Chicago o Nueva Orleans, problemas con la madre y los tópicos de la Norteamérica de postguerra, con lo que se pueden palpar las influencias de Mark Twain y Huckleberry Finn, del Buscavidas de Walter Tevis en esas escenas de billar o de Moby Dick en el sueño de querer ser marinero del protagonista. Por supuesto, hay muchísimas otras referencias literarias así como cinematográficas. En realidad parece que estemos en un travelling que nos lleva de un lado a otro,como si leyéramos una película, como si estuviéramos viendo imágenes y, sobre todo, contemplando las influencias, gustos y biografía del autor todo a la vez.

Dividida en tres partes, “Un buen elemento”, “Wyoming” y “Una puerta al río”, se centra en temas como la inmigración, el sueño americano y referencias a la guerra de secesión o la Segunda Guerra Mundial. La forma de escribir es sencilla, poco dada a las florituras. El único exceso que veo es el número de páginas, porque me ha costado meterme en un personaje que salta de una cosa a otra, de una ciudad a otra, de un pedazo de historia a otra. Mi opinión es que es demasiado visual, demasiado cinematográfica. Es una delicia de lectura, puede que sea una forma de escribir que me encanta, pero es un atracón de trocitos, como si no hubiéramos dejado ni un bombón en la caja, así que me he terminado por aburrir. Es tal el esfuerzo de Gifford por dejar reflejadas las influencias y tal su ansia de perfección que, al menos conmigo, no ha logrado su objetivo. Es una buena novela, pero no está a la altura de las grandes novelas norteamericanas y estoy hablando de Hemingway,  Fitzgerald, Anderson, Cheever o Faulkner entre muchos otros. Falta enjundia y, posiblemente, sobra esfuerzo. Alguien me ha dicho hace unos días que las ardillas no se esfuerzan para trepar a los árboles ni los delfines sufren demasiado al nadar en el mar. En fin, cada uno con sus limitaciones. En cualquier caso, consiguió un merecido premio, el de la Christopher Isherwood Foundation for Fiction 2006. A ver si me decís qué pensáis.

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JESÚS FERRERO: EL ÚLTIMO BANQUETE

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He perdido la cuenta de las veces que os he dado los nombres de mis escritores favoritos. Uno de ellos es Jesús Ferrero con una obra ecléctica e imprescindible, lo que no significa que todos sus libros me gusten por igual. En este momento estoy digiriendo su último ensayo (fantástico) Las experiencias del deseo. Eros y Misos, pero os lo contaré otro día.

Nos centramos hoy en la novela El último banquete, Premio Azorín 1997, que narra la historia de una familia que se reúne en la cena de navidad. La estructura es in crescendo, ya que todo sucede en la misma noche a la que rodea desde el principio un halo de fatalidad. Las relaciones entre los miembros de esta familia de clase alta se centran en la incomunicación, la mala comunicación, la hipocresía, las drogas, la fama, la envidia, el incesto y la muerte. A pesar de la atemporalidad de los temas mencionados he sentido que esta obra era reflejo de una época. Aunque es posible que mi absoluto desconocimiento de la clase alta dada, en mi opinión, a conductas en el límite del aburrimiento y la falta de ética, el abuso de poder o la creencia del merecimiento sanguíneo, la alejan de otras clases que tampoco conozco (nótese el plural en las que incluyo la baja y la más baja puesto que ya se han cargado la media), que no evitan mostrar las vergüenzas: no hay nada que ocultar ni nada que evitar mostrar. No obstante, la superficialidad de esas ‘no relaciones’ de estos jóvenes nos deja sumidos en la ingravidez del ‘estamos juntos porque somos hermanos’ sin pararse a profundizar si existe un sentido oculto en el concepto de familia. Dejarse llevar es la consigna. Así pues, yo, como lectora, también me he dejado llevar y he disfrutado de la prosa rebelde de esta novela que, si bien no es mi favorita de Ferrero, nos hace reflexionar sobre la forma que tenemos de actuar con los demás en un ámbito cerrado e incomprensible para los ajenos a él. Decía Tolstoi, en uno de los inicios más famosos de la literatura, que todas la familias felices se parecen, pero que las tristes lo son cada una a su manera. Quizá yo he sentido que los años 80 y 90 en España estaban aquí representados, cuando es probable que debiera haber trascendido los mismos y descender a los infiernos del propio concepto de familia.

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TOMÁS GONZÁLEZ: PRIMERO ESTABA EL MAR

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Siempre creo que tengo una deuda con respecto a los que me seguís del otro lado del charco, así que procuro salirme de eso que detesto que llamen “zona de confort” o dicho de otro modo, de los libros que suelo leer que tienden a ser de escritores europeos. Aunque esta teoría me suele parecer ridícula porque uno lee lo que le gusta a menos que le paguen o lea por leer. Eso de “leo todo lo que cae en mis manos” jamás lo he entendido porque en algún punto habrá que tener un criterio. Pues bien, en este caso, mi intención era ser un poco menos ignorante por lo que a literatura colombiana se refiere y he leído con gusto la primera novela de Tomás González.

No era necesario que nadie me dijera que sus primeros pasos como escritor fueron en la poesía. El lenguaje de esta novela es absolutamente impresionante, preciosista y exacto. Está tan cuidado que parece un enorme poema en prosa. No extraña que se le haya definido como “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana” que algunos han dividido entre realismo mágico y sicarios y demás ralea.

La atmósfera es tan asfixiante como el calor del Caribe, un entorno cada vez más hostil con los personajes casi abandonados a su suerte, el sexo y la violencia. Aunque narrada con desapego, comienza tan apasionada como la esperanza por el cambio de vida que buscan los protagonistas, esperanza que van perdiendo a medida que se suceden las páginas. Sin embargo, la trama no me ha enganchado, así que a ratos me ha resultado aburrida y, por seguir los consejos de Pío Baroja, me he saltado las descripciones. Acción hay más bien poca y la mayor parte previsible. En cualquier caso, hablamos de su primera novela. Por ahora no puedo juzgar sus relatos y otras obras, pero sin duda volveré a González.

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