RICHARD FORD: MI MADRE

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En realidad yo quería hablar de Canadá pero no he sido capaz de terminar las 600 páginas. Tampoco pude con El día de la independencia y supongo que no estoy siendo justa con quien es definido como uno de los mejores escritores norteamericanos que para mí es tanto como no decir nada. Precisamente, hablamos hace poco del genial Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson y, a pesar, de que se interpreta que Ford radiografía como nadie la sociedad estadounidense, a mí me parece que las comparaciones son odiosas, lo que me lleva al eterno problema del gusto y la crítica literaria. Partimos, pues, de la base que Ford es un gran literato pero con el que no puedo pasar de la página 50 así que me he decidido a explorar alguna obra más breve y he topado con Mi madre, que es una especie de homenaje de quien le trajo al mundo.

De todos es sabido que la sociedad hispana y la estadounidense no tienen el mismo concepto de la familia, por lo que no debería haberme sorprendido por algunos párrafos, sin embargo, así ha sido, pero empecemos por el principio.  Su madre se llamaba Edna Akin, y había nacido en 1910, en un pueblo de Arkansas, una tierra dura, que apenas  tiene que ver con él. Algo que me ha gustado es la intención de Ford de ver a su madre como una mujer, como la veían los demás y como él no era capaz de hacerlo. Fue una mujer que no había estudiado, que se casó con un viajante y vivió quince años en la carretera, se quedó viuda a los cuarenta y nueve años y fue de un trabajo a otro para mantener a su hijo adolescente, problemático y que pasó largas temporadas con sus abuelos, que eran muy permisivos. Por lo que dice Ford, fue una mujer valiente y llena de resignación.

De una manera bastante aséptica Ford realiza una cronología por momentos que el recuerda como importantes  y cómo tras la muerte de su padre, no volvió a ser la misma. Después el se fue a la universidad, algo para lo que ella ni le animó ni lo contrario y, a partir de ahí, dejaron de verse, aunque hicieran esfuerzos. Ella tenía otra vida, con amigos y él se sentía culpable en cierto modo, de que su vida transcurriera de una manera  con un objetivo poco claro. Luego llegó el cáncer, él se planteó que fuera a vivir con su familia y ella se negó, pues no quería que sucediera lo mismo que le había ocurrido a ella con su madre y renunció a la idea. No quiero juzgar, pero el siguiente párrafo me ha dejado sin aliento: “Reíamos pensando en cómo la dejaría abandonada, ella en el asilo para pobres y yo en algún sitio pasándolo en grande” (Barcelona, Anagrama, 2010, p. 65). Creía que tenía bastante humor negro, pero esto me ha parecido terrible y se fue a una residencia que se había pagado ella. Al final sí fue con él y su mujer, pero dijo unas odiosas palabras. Le honra haberlas escrito, pero este libro, ni novela, ni biografía ni nada que se parezca, acaba diciendo que se querían y ya está y quizá eso sea lo que me ocurra con Ford. Que dice las cosas y ya está. Que no hay nada más, no hay nada que subyazca a lo que nos cuenta. El amor no es sólo decir “te quiero”, como si las palabras fueran suficientes. Así que lo único que puedo decir, es que aunque en un principio pensé que era un homenaje a su madre, me ha parecido más una manera de expiar su propia culpa. Sin duda es un libro sincero, pero frío. No me ha llegado y no voy a dar a este autor más oportunidades.

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JEAN PAUL DIDIERLAURENT: CONVERSACIONES CON MI ENANO DE JARDÍN

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Confieso que siempre he sentido amor-odio por los enanos de jardín. Quizá me suceda lo mismo por la literatura francesa, no sé. En este caso, más que odio diríase aburrimiento,  lo que me lleva a pensar que o no tengo sentido del humor o no tengo ni idea de literatura y puede que tampoco de hacer dinero con la literatura, aunque eso es más bien seguro.

El título original de este engendro es “la grieta” y si no le hubieran cambiado el título ni siquiera lo hubiera abierto. Es decir, me reí con el título y luego llegó el sopor. Como los adjetivos que recomiendan este libro son “delirante” o “lleno de risas”, pues no sé qué pensar de mi propio humor. El argumento se basa en la surrealista historia de un hombre, que es director de una empresa de enanos de jardín, Xavier Barthoux, que se aburre tanto como yo con esta lectura, hasta que ve una grieta en la casa de verano, a la vez que comienza a charlar con Número 8, un enano de jardín, que le lleva a un viaje iniciático y también ridículo.  Resulta que la ubicación de la casa se encuentra en las antípodas de una isla neozelandesa, por lo que decide ir allí y cambiar de existencia.

El planteamiento no está mal, pero la resolución es bastante pobre. Me propuse con esta lectura pasar un buen rato y por lo menos no he terminado creyendo que mi existencia es tan aburguesada como la de este hombre que no deja de echar balones fuera sin ver su propia culpa en lo que le sucede y al que todo termina saliendo bien aunque no se lo merece. Es un personaje al que un final a lo Hollywood no beneficia.

De esta novelucha no se puede hacer un análisis extenso pues no hay temas trascendentes, ni tramas interesantes, aunque podría haber metido algo de enjundia, recordemos que el humor no está reñido con los temas serios y eso por no ponerme freudiana, que ya sabéis, que la risa es el sustituto del miedo a la muerte, de ahí el humor negro. En fin, no me extiendo más, la pretensión del autor no era escribir una gran obra, sólo un bestseller y lo ha conseguido, aunque tampoco entiendo muy bien el porqué. En cualquier caso, hay escritores y personas que dan con la clave del éxito y repetirán la fórmula hasta la saciedad. A algunos os gustará y a otros no, pero es lo que vende. A mí me ha parecido tan superficial que hasta me ha dado pena el puñetero enano de jardín de la portada.

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SHERWOOD ANDERSON: WINESBURG, OHIO

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Como cualquier cretino he leído la contraportada y, en honor a la verdad, se queda bastante corta, algo de por sí extraño. En la edición que manejo, Malcom Cowley, poeta, editor, historiador y crítico literario, apunta que escritores de la talla de Hemingway, Faulkner, Caldwell, Saroyan y Henry Miller, han contraído una “indudable deuda” con el autor. No obstante, deja tantos nombres fuera que no creo posible que ningún escritor estadounidense que se precie no haya bebido de Anderson. Podríamos mencionar a Carson McCullers, F. Scott Fitzgerald, Ray Bradbury, quien indicó que esta obra le inspiró Crónicas marcianas, o Raymond Carver, cuyo realismo podría considerarse algo desvaído frente a la fuerza de los personajes de Anderson, quien traza una certera línea entre lo genuino y lo falso.

Winesburg, Ohio: colección de relatos sobre la vida en un pequeño pueblo de Ohio, su título real, se articula a través de veintidós relatos contados por un narrador omnisciente, George Willard, un adolescente, reportero de un periódico local, que es el hilo conductor. Cada historia está protagonizada por un personaje y por eso me resisto, con otros tantos críticos, a llamarlo novela. Fue bien recibida, vendió unos 3000 ejemplares y se considera un clásico de la literatura estadounidense, precursora, en cierto modo, de las obras modernistas. Tras su éxito inicial en la década de los años veinte, decayó su popularidad como autor, pero la influencia, como decíamos, es notoria.

Los personajes muestran una manifiesta incapacidad de expresar sus emociones y la soledad es el tema principal.  Cuando lees Winesburg, Ohio, crees que otras obras son sucedáneos, a pesar de que su estilo es mucho más sencillo que el de Faulkner, pero mucho más oscuro que el de Hemingway, por ejemplo. Aunque en algunas cuestiones tiene cierta moralina, el estilo es demoledor. Se tacharon sus historias de “sórdidas”, que se desarrollan en una zona rural, inventada, aunque exista un pueblo con el mismo nombre. Es un momento en el que la sociedad industrial comienza a variar las tradiciones y comportamientos. Estos personajes se encuentran en un impasse, aunque ni ellos mismos lo sepan. Sus vidas son un fiel reflejo, no sólo del Medio Oeste americano en las primeras décadas del siglo pasado, sino que puede que nos explique algo más del tremendo cambio al que nos vemos abocados en esta tercera revolución industrial en la que estamos inmersos. Podemos leer estos veintidos relatos desde nuestros cómodos sillones como algo lejano y escabroso o contemplar nuestra provinciana imagen en un espejo más grande en el que recordar aquella frase de Lampedusa: “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Sé que a veces es desolador y es duro. No, no es necesario escribir así, pero es imprescindible que, al menos de vez en cuando, recordemos que el mundo no gira a nuestro alrededor.

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ALFREDO CONDE: MEMORIA DE NOA

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El verano se ha alargado más de lo habitual este año y por lo que a este blog se refiere. No es que me haya olvidado de vosotrxs, sino que la vida a veces va más deprisa o despacio de lo que nos gustaría. Tanto si esta excusa, barata por lo demás, os sirve o no no me concierne. Lo cierto es que la frecuencia de mis entradas pasará a ser quincenal o no será, lo que me concederá un tiempo imprescindible para otros menesteres, primordiales, en este momento. Espero que las críticas de las lecturas que vienen os resulten interesantes 🙂

Me encuentro inmersa en un proceso de cambio a todos los niveles y esto, por lo que a la literatura se refiere, y por lo que a mí respecta, sólo quiere decir que voy a lo seguro. Nada de experimentar cuando vas pisando huevos por la vida, motivo por el cuál, he ido a uno de mis grandes referentes, Alfredo Conde. En este caso, como en otros que vendrán, relacionados con vivencias y la narración de esas vivencias, algo que tiene que ver con mi próximo trabajo. Para los que no me conocéis, este blog no sigue modas sino mis propios impulsos.

Noa, la protagonista, es hija de un cura, nacida del amor y amada por su padre, no tanto por su madre, algo psicológicamente mucho más peligroso. Es probable que ese sea el detonante de esta búsqueda en la que el sexo, sin ser lo más importante de la novela sea relevante. Veamos. Todos tenemos una idea de nuestra identidad que intentamos alejar de nuestra identidad sexual, pero son una. No es que seamos lo que deseamos pero tampoco lo contrario. En el fondo la pregunta es si es necesario el amor y también si lo es el sexo y dado que la protagonista es una mujer y el autor no (distingamos autor de narrador), el conocimiento de las mujeres se hace imprescindible o toda la estructura de la obra se iría al traste, lo que, por fortuna, no sucede, y sí la convierte en un alarde introspectivo.

Empieza lenta, como todas las obras de Conde, para terminar apoteósica. Noa utiliza unas sesiones de carreras por la naturaleza para pensar en su vida. Es difícil entrar en el personaje por el lenguaje lírico que no esperaba y que sea a la vez tan racional como para medir el amor y también el sexo, pero así vamos siendo a medida que maduramos: hacemos caso a nuestra mente, olvidamos lo que no debemos y recordamos lo que no queremos las más de las veces, lo que nos convierte así en la cantidad justa de los intersticios de ambas. El gran acierto de Conde ha sido no intentar diseccionar cómo es una mujer, ni decirnos lo que lleva dentro, ni mucho menos juzgar o idolatar. El ser humano es más bien poco pero difícilmente definible, incluso para sí mismo. Nos engañamos e intentamos hacer lo propio con los demás. La familia, tantas veces problemática nos sirve de marco en esta historia para dar voz a una vida que debe ser inequívocamente nuestra y que Alfredo Conde, una vez más, nos anima a reivindicar.

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MANUEL VICENT: TRANVÍA A LA MALVARROSA

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Hasta ahora Valencia ha sido para mí un refugio. A lo largo de muchos años la Malvarrosa se convertía por un, siempre demasiado, breve espacio de tiempo en mi bunker personal donde desbrozar las malas hierbas, coger fuerzas para el resto del año y repetir como un mantra: “el mar pone todo en su sitio”. Los cambios acaecidos este año no me dejan aventurar si esto seguirá siendo así, pero al leer Tranvía a la Malvarrosa, me he dado cuenta del enorme afecto que guardo a esta tierra que siempre me ha demostrado que no todo es lo que parece, incluida yo.

Manuel Vicent (1936-) es licenciado en Derecho y Filosofía y también periodismo, donde ha destacado con sus artículos. Ha probado casi todos los géneros: novela, teatro, relatos, biografías, libros de viajes, entrevistas, gastronomía y es, además, experto en arte. Ésta es sin duda alguna, su característica más relevante por lo que a esta obra se refiere y es que es constante la luz en su prosa a lo largo de toda la novela, de tal forma, que diríase que es un sentido homenaje a Joaquín Sorolla, también valenciano, y uno de mis pintores favoritos, que desarrolló la técnica pictórica del “luminismo”. No es extraño, por tanto, que alguna de sus definiciones como la de Andrés Rábago García (más conocido como El Roto), que ilustró su obra Crónicas urbanas, el estilo de Vicent «es muy barroco, pero también muy luminoso» y que Francisco Umbral, del que ya hemos hablado en Monólogo interior, admirara a Vicent por«la calidad tectónica de su prosa, (…) la fuerza levantina de sus imágenes, (…) el volumen áureo y matinal de su palabra». Lo de matinal también tiene que ver con la luz, que no se apaga en toda la obra.

Una suave ironía y un humor negrísimo hacen que esta novela sea una deliciosa lectura de verano, en la que un muchacho comienza un viaje iniciático de la adolescencia a la juventud, desde  un burdel sórdido pero amable, marcado por un amor platónico, el sexo, la universidad, el calor y la Malvarrosa. Ha sido para mí una auténtica gozada recorrer a través de estas páginas, calles tan conocidas y queridas del barrio de Ruzafa o la Gran Vía de Germanías y recordar tantas mañanas cerca del balneario de Las Arenas. Parecen inevitables las notas autobiográficas y la crítica a esa España de pandereta, de curas y putas, de pobreza mental obligada y, sobre todo, de la otra. No en vano se ha llevado al cine, pero no he visto la película. Poco más que decir. Es una novela que te mece con el mar y la luz levantina, a través del humor y unos diálogos excepcionales. Vicent ha sabido reflejar fielmente la fuerza y la belleza de Valencia, casi un personaje más, sin escatimar en críticas a ese período histórico tan temible, aún no superado, que fue la dictadura franquista. No es probable que lea con devoción todas sus obras, por ejemplo Son de mar me pareció mediocre, pero es bueno tener como referencia una prosa preciosista como la suya.

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SCOTT FITZGERALD: EL GRAN GATSBY

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Fitzgerald murió creyendo que había fracasado con esta novela. Esto sucede cuando uno sabe que ha escrito algo grande y no recibe una retroalimentación que considera suficiente. Ahora bien, ¿algo grande comparado con qué? Sin duda, esta novela es buena y no voy a ser yo quien contradiga a grandes escritores y críticos, pero aparte de unos diálogos excepcionales, una visión no escrita con anterioridad de esa época y una gran ambientación, yo creo, con toda la humildad del mundo, que El gran Gatsby no es una gran novela, sino un excelente guión cinematográfico, cuyos personajes representan con exactitud la decadencia moral que presagia el gran desastre. Él quería, según sus palabras: “algo nuevo, extraordinario, hermoso, simple, pero con un intrincado diseño”. Consiguió todo eso, en mi opinión, pero es etéreo. Pío Baroja decía que se saltaba las descripciones, yo me he saltado diálogos que, como digo, son dignos de estudio, para llegar a la acción. No me he metido en los personajes porque no estaba en una novela sino en una película y esto me preocupa pues es una cuestión de expectativas. Me sucedió igual con Madame Bovary de Gustave Flaubert, que tampoco consiguió engancharme, me pareció insulsa y a ratos ridícula (comparada con La Regenta de Leopoldo “Alas” Clarín), y me hace preguntarme sobre mi criterio y sobre conceptos de hermenéutica para saber si estoy esperando leer algo que case con lo que yo considero excepcional y no necesariamente lo que se considera excepcional de una manera más o menos objetiva. Es decir, existe un canon nos guste o no, pero es difícil situarse fuera de él sin interpelarse si existe una justificación demostrable sobre por qué crees que una novela no es una obra maestra, a pesar de lo que diga todo el mundo, como creo que es el caso. El propio Fitzgerald dijo:«He escrito la mejor novela de los Estados Unidos de América.» Autores como T. S. Eliot, Edith Wharton o Gertrude Stein secundaron la moción. Me ha sorprendido que Harold Bloom, controvertido crítico sobre el que ya hemos hablado en Monólogo interior que no deja títere con cabeza, diga que esta obra “tiene pocos rivales como la gran novela americana del siglo XX. Al volver a leerla, una vez más, mi inicial y primera reacción es de renovado placer.” Pues bueno, me quedo fría, y no le hago caso en esta ocasión como en otras tantas. O bien no tengo la sensibilidad necesaria o estoy completamente equivocada con mi criterio. También hay grandes novelas que son muy complejas de entender filosóficamente pero no es el caso. En El gran Gatsby no hay niveles de lectura a los que no llego. Comprendo el momento en el que se escribió y que era algo novedoso, no hay problemas de verosimilitud, hay una trama, hay amor, desamor, muertes, está todo pero me ha costado pasar cada página, no sabéis cómo me he aburrido. Me sucede con algún otro autor estadounidense que intento leer y me es imposible, como Richard Ford o Saul Bellow. Nada, cada vez que lo intento las páginas pesan toneladas, los párpados se me caen y termino descompuesta pensando que no sé suficiente de literatura. Eso es cierto. Nunca es suficiente.

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RUDOLF FRANK: LA CALAVERA DEL SULTÁN MAKAWA

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No me extraña que los nazis quemaran este libro porque va en contra de todo lo que se suponía que debía pensar todo hombre, esto es, ir a la guerra es una bendición, morir por la patria es un honor, seguir la tradición de tu padre o tu abuelo e ir al frente es tu deber. El detonante de la Primera Guerra Mundial o la Gran Guerra  se produjo el 28 de junio de 1914 cuando un joven nacionalista serbio asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria. El imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia desencadenando la activación de todas las alianzas. Total, que nadie comprendió por qué estaban luchando. Si ya es complejo entender la sinrazón de un conflicto bélico, que no hubiera intereses económicos o geopolíticos, sino alianzas y ayudas entre naciones no hizo sino aumentar la desesperación de los soldados. Así pues, la Gran Guerra se convirtió en el epítome de la guerra sin sentido en contraposición a la Segunda Guerra Mundial en la que el enemigo era absolutamente perverso. La guerra de Vietnam continuó junto con la de Korea, por ejemplo, en Estados Unidos o la de Rusia en Afganistán con este tipo de guerra absurda en la que se trataba de continuar con la gran mentira que ya aparecía en un poema de Horacio: dulce et decorum est pro patria mori, es decir, “es dulce y honorable morir por la patria”, que dio lugar a uno de los más impresionantes poemas que he leído y que pertenece a Wilfred Owen. En el enlace a la entrada que hice sobre este autor podéis leerlo y oírlo leído por Kenneth Branagh.

La calavera del Sultán Makawa es un libro admirable, no sólo por mi fascinación por el tema bélico, supongo que no exenta de misterio y morbo a partes iguales, sino por la forma en la que está escrita, la vivacidad y simplicidad de sus palabras que, no obstante, entran de lleno en la deshumanización del ser humano. La historia del adolescente de 14 años Jan Kubitzki, podría ser la de muchos otros jóvenes, valiente y heróico pero que sólo hace lo mejor para los que le cuidan, por lo que llega a plantearse la razón de la guerra. Siempre unido a su perrillo Flox, esta novela, pensada para jóvenes, resultaba todavía más amenazante, pues está planteada como una novela de aventuras, ya desde el título, que, sin embargo, hace referencia a un hecho real: en el artículo 246 del Tratado de Versalles, se insta a Alemania a devolver la calavera del Sultán Makawa. El 9 de julio de 1954, Sir Edward Twining, gobernador de la entonces colonia británica de Tanganica, hizo entrega solemne de la calavera a la tribu de los Wahehe, y que es símbolo de una promesa vacía. Esta idea junto con la frase “nadie debe hacer nada por obligación, si no quiere”, son los puntos de anclaje de la novela, cuyo mensaje sobre la libertad individual es claro. Y no se queda ahí. La crítica al colonialismo es constante como también a la gran mentira del honor repetida hasta la saciedad en todas las épocas y naciones. El resultado: una de la mejores novelas antibelicistas que he tenido el placer de leer. Una obra maestra.

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BERNARDO ATXAGA: ESOS CIELOS

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Qué mala suerte tengo últimamente con mis lecturas. Y eso que estoy yendo sobre seguro y he escogido grandes autores. En este caso, Bernardo Atxaga, cuyo nombre real es José Irazu Garmendia, el escritor en euskera más leído y traducido. Su obra abarca todos los géneros: cuento, novela, poesía y ensayo y se le ha traducido a numerosas lenguas.

Esos cielos prometía. Un argumento interesante sobre una etarra que ha pasado varios años en la cárcel y vuelve a Bilbao en un viaje en autobús físico y emocional hacia una nueva vida en la que no sabe qué sucederá. Un entorno, por tanto, tan claustrofóbico y asfixiante como la propia cárcel. El personaje de Irene, la protagonista, está bien retratado. Una mujer completamente perdida y traicionada que recuerda las amistades de la cárcel. Irene sueña y se nos cuentan los sueños, cuestión que me ha sacado del argumento que, en mi opinión se queda a medias. Se suele decir que es más importante lo que no se dice que lo que realmente se indica, pero no hay que pasarse. Una cosa es que se dejen pistas al lector, a modo de miguitas, y otra que sea el propio lector quien escriba la novela mientras lee, que es lo que me ha sucedido con ésta. Se me han ocurrido unas cuantas escenas distintas, varios finales y no sé cuántas subtramas. Eso es porque el argumento es potente y su ejecución floja. Podría decirse que algo atropellada y simplona, porque va perdiendo por el camino poderosos hilos argumentales.

No obstante, la ambientación, la dureza a ratos de la narración y un buen retrato de los personajes conforman los aspectos positivos de una obra que se lee de un tirón pero que sabe a poco. Resulta evidente el buen hacer literario de Atxaga, que dota a la obra de una prosa ágil pero en la que no crees. Da la impresión de que ha intentado escapar de las menciones al grupo terrorista ETA, así como a otros aspectos más concretos, para ir al núcleo de las vivencias internas de la protagonista pero que ha patinado: quedan demasiadas cosas en el aire, aunque éste sea el de mi adorado Bilbao.

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COLETTE: LA GATA

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Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) Colette, fue una novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa. Su novela Gigi (1944) fue llevada al cine por Vincent Minelli en 1958. Miembro de la Academia Goncourt desde 1945 y presidenta entre 1949 y 1954, fue condecorada con la Legión de Honor. Dicho esto es de suponer que tenga obras mejores porque La gata es una auténtica porquería. Esperaba mucho más después de leer acerca de su vida de excesos, incluso libertinos, aún hoy o incluso, más hoy, diría yo, pero no, a lo sumo sí es cierto que es una maestra en crear una atmósfera de sensualidad.

Por lo que respecta al argumento, una pareja de recién casados jóvenes y atractivos estrenan problemas por la gata del chico, de la que se siente profundamente celosa su mujer. Un argumento simple puede dar lugar a una gran obra. En este caso, ella es miembro de una burguesía adinerada y él de una aristocracia venida a menos. De ahí que si los personajes hubieran estado retratados con mayor profundidad e introspección, la novela no adolecería de una superficialidad molesta. Ni siquiera la gata tiene la entidad que se presupone y la acción, por tanto, es nula. En resumen, argumento sencillo, personajes mal creados y una trama inexistente, dan como resultado mi incredulidad. Lo cierto es que el tono y la atmósfera están perfectamente creados y sigues leyendo con fe ciega esperando que algo suceda, cosa que no ocurre.

Ni siquiera es una obra en la que la mujer, en este caso la protagonista, salga bien parada, más bien al contrario, casi se diría que es machista, dado su amor por los animales. Se critica que tenga celos de un animal, pero no que el marido no intente entender a su mujer. Todo resulta, pues, cogido por los pelos. Ni siquiera la gata tiene verdadero protagonismo. Si Poe levantara la cabeza…y eso que era una de sus lecturas preferidas. Decepcionante.

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AMÉLIE NOTHOMB: ESTUPOR Y TEMBLORES

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Estupor y temblores (1999) publicada por Anagrama en España en 2004 es un ejercicio de masoquismo amén de un catálogo de costumbres niponas incomprensibles y un listado de conductas sádicas en el entorno laboral. Dicho así, puede no interesarnos, pero dado que Nothomb, miembro de La Real Academia de la Lengua y Literatura francesas de Bélgica, recibió el Gran Premio de Novela de la Academia francesa en 1999 por esta obra, quizá lo pensemos dos veces. Fue llevada al cine por Alain Corneau en 2003.

Incomprensiblemente, se trata de una novela autobiográfica. Por tanto, tanto la protagonista como la autora, que trabajó de traductora, tienen un extenso conocimiento de japonés, del país y ambas fueron contratadas por una multinacional nipona. Sus responsabilidades, que debían ser elevadas, irán siendo más y más absurdas hasta completamente fuera de lugar, ya que llega incluso a limpiar los váteres, debido a la voluntad sádica de su jefa directa, cuyo máximo interés es denigrarla. Es una situación curiosa porque la protagonista se presta a este peligroso juego siendo plenamente consciente de su  validez como persona y profesional. De ahí la paradoja de este duelo destructivo para el que sólo falta el barro.

No obstante, es muy sencillo empatizar con el personaje debido al sentido del humor, absurdo, por supuesto, con el que se describe la acción. Todo parece un tremendo error, una hipérbole en la que parece reírse de este ejercicio de masoquismo autoimpuesto. Como es lógico, existe un límite que no se traspasa, puesto que la sucesión de conductas denigrantes conllevan un peligro real, momento en el que abandona el juego. Diría más, lo hace justo en el momento en el que yo, como lectora, estoy a punto de entrar en la oficina y solucionar las cosas a la manera latina.

La decisión de la protagonista de prestarse como conejillo de Indias de una suerte de experimento antropológico consigue hacer de esta breve e intensa novela una obra no apta para cardíacos. No os la perdáis.

Podéis seguir el enlace y ver esta reseña en Opulix.com.

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