JOSEPH ROTH: LA LEYENDA DEL SANTO BEBEDOR

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Qué mal lo he pasado con esta novela y eso que no es la que más me ha gustado de este impresionante autor. Y es que hay una gran diferencia entre escribir bien y hacerlo mal. No sé si el abismo es tan grande como entre beber y no beber. Hay lectores que no se fían de los escritores como también hay bebedores que no se fían de los abstemios, quizá porque a ambos bandos les resulta incomprensible su comportamiento.

Precisamente alrededor del comportamiento de un bebedor gira la trama de esta breve novela. Lo curioso es que sientes al leerla la misma adicción que el protagonista al perseguir el olor de la absenta. Sientes unas ganas irrefrenables  de zarandear al protagonista y hacerle entrar en razón. Y también pasas las páginas con avidez, por ver si será capaz de cumplir su promesa. Sin embargo, a pesar de lo que decían los romanos (in vino veritas), que el vino anima a decir la verdad, mi perspectiva es la contraria: el alcohol está rodeado de mentiras y promesas vacías.

Pero también hay borrachos y borrachos porque no vamos a comparar a Hemingway o al propio Roth, que presumían de su alcoholismo, con el vecino del cuarto. Lo cierto es que la lista de literatos alcoholizados o drogadictos es ingente, algunos a mucha honra. Que los demás, llegado el caso, no fuéramos capaces de hacer la o con un canuto hace todavía más increíble que ellos fueran/sean capaces de crear tramas complejas para obras fascinantes. En mi opinión, el alcohol se entromete en lo bueno y en lo malo y no es posible mantener la palabra dada, motivo por el que he sufrido tanto al leer esta obra, porque la buena voluntad no tiene por qué ser férrea. Así pues, según sea cada lector, describirá al protagonista como alcohólico, borrachín, borrachuzo o borracho según seamos más o menos políticamente correctos o benevolentes. Sea como fuere, la prosa de Roth es apasionante, así como su clarividencia con o sin absenta.

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RUSSELL BANKS: LA LEY DEL HUESO

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La novela de aprendizaje prototípica es El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, obra que detesto, aunque no recuerdo el motivo. Las novelas de aprendizaje, también llamadas de iniciación o bildungsroman, son aquellas en las que un joven parte de la inocencia a la experiencia a través de un viaje iniciático en el que tiene que superar una serie de pruebas. Es probable que lo hayamos explicado en otras ocasiones porque es algo que se repite y que Joseph Campbell indicó a la perfección en El héroe de las mil carasbasado en los mitos y los arquetipos de Jung. La grandeza del asunto reside en que podemos encontrar esta estructura en El Quijote o en la mayor parte de las películas de la televisión, incluidas las de Steven Segall o Jackie Chan. La ley del Hueso cumple la mayor parte de las características propias de estas narraciones, aparte de las mencionadas, como la muerte del padre, la del amigo y una cantidad ingente de vicisitudes, a través de las cuales no sólo llegará a la madurez sino a la sabiduría, diría yo.

No obstante, el tono de la obra no es el típico que cabría esperar. En primer lugar, el protagonista es un adolescente problemático y su propia visión de la vida cambia a medida de su intuición y no tanto de su experiencia mediante una técnica analítica de ensayo-error. En segundo lugar, su manera de expresarse mantiene a lo largo de la novela un punto de sutil ironía con cierto grado de humor, a pesar de las duras vivencias. Sin embargo, estos dos aspectos, por sí solos, no hacen de esta obra una novela especial, algo que sin duda es. Hueso, un chaval hecho a sí mismo pero no a la manera de Trump, cambia su nombre, aunque no sabemos si es por ser más duro, porque las experiencias vividas han dado “en hueso” y no le han hecho mella o porque ha decidido vivir su vida libre de injerencias desde lo único que le importa. Su naturaleza es de buen corazón, algo que no se ajusta al canon que nos presenta la sociedad por el que una adolescencia violenta siempre te convierte en criminal.

Lo impresionante de La ley del Hueso es que el protagonista en ningún momento deja de valorar la humanidad de las personas, de todas las personas. Ser humano no significa ser bueno o ser malo sino que es un compendio de aspectos positivos y negativos. Mi profesor de arte cuando yo tenía 18 años me lo explicó muy claro: benevolente significa “querer ser bueno” pues su etimología viene de bene (bueno) y del latín volo (querer). Según una leyenda india, todos llevamos dentro dos lobos uno bueno y uno malo pero sólo crecerá el que alimentes. Esa es la verdadera y única ley de la vida. Confieso que me ha llegado al hueso.

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COLM TÓIBÍN: EL FARO DE BLACKWATER

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El título me gusta. Ah. Perdón. Buenos días y muchas gracias por seguir al otro lado de los cables ❤ Vengo con tantas ganas de contaros cosas nuevas que ni había saludado.

El título me gusta, decía. Es más. Puede que comprara El faro de Blackwater por eso: adoro los faros y adoro Irlanda. Confieso que leí el resumen de la contraportada y las maravillas que decían de esta novela, entre ellas “obra maestra”. No creo que haya que pasarse. En mis tiempos obras maestras se consideraban unos pocos títulos cuando ya habían pasado muchos años y el autor, desconocido hasta para su familia y tras vivir en la indigencia, llevaba tiempo criando malvas. Pero los brazos del marketing son muy largos. Aunque sólo quisieran decir “obra maestra del autor”, sería igualmente preocupante. O más aún.

Colm Tóibín es un escritor y periodista irlandés de gran trayectoria. Según la Wikipedia  ha sido profesor interino en la Universidad de Stanford, la Universidad de Texas y la de Princeton. También ha enseñado en varias otras universidades, incluyendo el Boston College, la Universidad de Nueva York y la facultad de la Santa Cruz. En 2008 recibió un doctorado Honoris Causa por la Universidad del Ulster en reconocimiento por su contribución a la literatura irlandesa contemporánea. Lo que no dice es que quizá debería cortarme un pelo con esta crítica. Pero yo a lo mío.

En primer lugar, debemos comprender que un escritor tiene obras mejores y peores y no vamos a dejar que su trayectoria nos impida hacer una crítica. Esta obra es mala, pero no mala en sí misma, es que parece el guión de una peli lacrimógena de cuando Hollywood empezaba a tratar el SIDA con Sally Field en el papel de madre, Tom Hanks en el de hijo moribundo y Calista Flockhart en el de hermana. Al menos así me lo imagino yo y os doy nombres porque una imagen vale más que mil palabras. Y digo “guión”, no porque los guiones sean fáciles de escribir, ni mucho menos, sino porque se apoyan en imágenes, por lo que las palabras no necesitan tanta precisión ni profundidad pues ya están ahí la fotografía y las interpretaciones de los actores. Esto es, son palabras más sencillas al estar desprovistas de una abstracción no necesaria. Con esto no quiero decir que Tóibín sea mal escritor, estoy segura de que no, sólo que ésta es una obra ramplona, pues no te hace replantearte prejuicios y opiniones sobre el SIDA, aunque sea a toro pasado, que ya es un tema manido. La gente se sigue muriendo en otros continentes igual que en los años 80, pero ya no nos afecta en occidente.  Podría, incluso, haber tratado el SIDA de una manera menos superficial, dada su orientación sexual y lo que supuso esta enfermedad para la comunidad gay, pero esta es mi visión. El caso es que me encanta el título. Es posible que vaya a Blackwater.

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EDUARDO MENDOZA: EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO

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Reconozco que me cuesta vencer reticencias iniciales al enfrentarme a escritores hacia los que es probable que tenga prejuicios absurdos. Menos mal que para eso cuento con buenos amigos que me ayudan a no ser tan pacata. En el caso que nos ocupa, no era una cuestión de prejuicios sino de falta de ganas de abordar las obras de este escritor, que en noviembre de 2016 se hizo con el Premio Cervantes.

No os puedo hablar del porqué no me ha apetecido asomarme a sus novelas, pero ya hemos puesto remedio con El asombroso viaje de Pomponio Flato, obra ambientada en Palestina (y no en Barcelona como suele, él y la mayoría de los escritores españoles actuales, muchos catalanes, lo que es de agradecer). Escoge el siglo I y donde se cuentan los azares de este romano al que contrata el niño Jesús para que salve la vida de su padre José, que ha sido condenado por la muerte del rico Epulón. Como podéis ver, utiliza personajes históricos a su antojo, sin rigor y sin rubor, para adentrarse en el género policíaco. Con todo, ni el género histórico ni el policíaco son los más importantes aquí, ya que la sátira y con ella el humor del que hace gala en todo el texto, es lo más representativo del mismo.

Precisamente el humor comienza en el lenguaje y se traslada a los hechos narrados. Manipula ese lenguaje mediante cultismos, pedanterías y dobles sentidos, pues el lector traslada de manera inconsciente lo que lee a la actualidad y a sus propios conocimientos bíblicos e históricos, y por eso es difícil no reírse con esta obra. El hecho de que Pomponio esté utilizando el recurso de escribir una carta, a Fabio una vez más, (hablamos ya de La Epístola moral a Fabio en la entrada de Jesús Ferrero sobre Eros Y Misos) nos lleva a ese conocimiento que pueden tener algunos lectores. Es un recurso clásico bien utilizado.

Mendoza ha publicado diversas obras dentro del género detectivesco protagonizado por personajes marginales, también mezclados con la parodia como la saga El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas  (1982), el tercer volumen, La aventura del tocador de señoras (1982) y el último publicado en 2012 El enredo de la bolsa y la vida. Así pues, ha repetido con esta mezcla de géneros una fórmula que le va muy bien. En este caso en concreto, se evidencia el espíritu crítico de esta novela frente a los grandes e infames bestsellers pseudohistóricos como El código Da Vinci  de Dan Brown o El Ocho de Katherine Neville.

Es posible, como he leído, que la obra de Mendoza se divida en grandes obras como La verdad sobre el caso Savolta (1975), su primera novela o La ciudad de los prodigios (1986) y luego las obras menores como las arriba mencionadas. En cualquier caso, su técnica es excelente porque parece fácil lo que hace y es extremadamente complicado crear un tono satírico, mantenerlo toda la novela sin que el lector se aburra o pierda la sonrisa. ¿Si recomiendo a Mendoza? Sí. Lo más probable es que me adentre en su ensayo sobre Baroja, Baroja la contradicción (2001). Lo bueno de los grandes escritores es que puedes elegir entre sus distintas obras.   

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THOMAS BERNHARD: SÍ

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Os comparto mi último artículo para Opulix. Aquí tenéis el enlace. Un placer, como siempre. ❤

Thomas Bernhard es uno de esos escritores que no conviene perder de vista dada su entidad. es una novela corta narrada en primera persona. En realidad, es el monólogo de un demente, un soliloquio neurótico de un hombre que intenta poner en claro dónde se encuentra física y mentalmente. Sólo su amigo Moritz cuenta con entidad suficiente para tener un nombre, pues fue el agente inmobiliario que le vendió una propiedad cochambrosa donde realizar sus estudios que, con el tiempo, se fueron convirtiendo en una obsesión, a la vez que se alejaba más y más de otras personas. Cuando la comunicación parecía imposible surge una chispa de luz a raíz del encuentro con la Persa, una mujer igualmente rota, que aparece en el pueblo.

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La narración es impresionante y transcurre lenta, opresiva y absurda hasta la mitad, en la que la mente del protagonista trascurre veloz y sin rumbo. Los temas presentados son la soledad, la imposibilidad de la comunicación y la locura. El lector se inmiscuye en los más oscuros pensamientos del protagonista y siente el mismo rechazo que la Persa hacia él y viceversa. Porque cuando el ser humano no es capaz de comprenderse se aleja irremediablemente de los demás, sobre todo si reconocen la locura en el otro. Aquella afirmación de Plauto, homo homini lupus popularizada por Hobbes en el siglo XVIII, “el hombre es un lobo para el hombre”, se vuelve más cierta si cabe, pues el egoísmo del protagonista, que ha dedicado su vida a los estudios vanos, le ha llevado a un lugar ignoto del que es difícil volver. Ese lugar es la demencia.

Todo en el libro nos conduce al mismo sentir y padecimientos de los personajes a través de una caracterización audaz y una atmósfera cargada de viento, frío, oscuridad y humedad, un paraje agreste e insolidario que los deshumaniza aún más. El descenso a la locura y su forma de abordarla roza la genialidad y recuerda a otro austriaco insigne como fue Franz Kafka.

El pesimismo de Bernhard puede estar debido a una infancia con grandes carencias económicas y afectivas unidas a sus problemas crónicos de salud. Su obra es considerable e incluye obras teatrales, libros breves o autobiográficos y distintas novelas entre las que destacamos Helada (1964), Trastorno (1967), La calera (1970) o Corrección (1975), probablemente la más famosa, que aborda los motivos del suicidio de un arquitecto patológicamente perfeccionista autor de una estructura aislada en la mitad de un bosque, lo que tiene cierta relación con la novela que nos ocupa. Destacamos también El malogrado (1983), centrada en el fracaso de un estudiante de piano en contacto con un genio, que es un estudio sobre las limitaciones humanas.

En , no parece sentir piedad por los personajes retratados y nos aproxima a una realidad descarnada del propio ser humano. La intensidad de su prosa y su impresionante habilidad técnica hacen de Bernhard un escritor al que leer en profundidad.

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KIRMEN URIBE: BILBAO-NEW YORK- BILBAO

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Las ciudades las hacen las personas y cuando esas personas se sienten orgullosas de sus ciudades, éstas suelen ejercer una extraña fascinación en los demás, que empezamos a verlas de otra manera, sintiendo sus raíces y su alma. Eso me sucede a mí con Bilbao, os dejo aquí una foto que hice en el puerto, porque en Bilbao, sobre todo, se habla del mar.

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Kirmen Uribe se licenció en Filología Vasca y cursó estudios de postgrado de Literatura Comparada en Trento, disciplina en la que yo me doctoré y como también soy filóloga y una enamorada de Bizkaia, quizá sólo era cuestión de tiempo que me acercara a su obra. Con Bilbao-New York-Bilbao, consiguió el Premio Nacional de la Crítica en euskera en 2008 y en 2009 el Premio Nacional de Literatura, el de la Fundación Ramón Rubial y el del Gremio de Libreros de Euskadi. Luego se tradujo al castellano, gallego y catalán, aunque sus obras están traducidas a catorce idiomas, incluidos inglés, francés, ruso y japonés.

Nació en Ondarroa, en una familia vinculada a la pesca, lo que motivó que quisiera narrar de una manera sencilla pero original la historia de tres generaciones, a través de relatos familiares, de pedazos, realmente, a la vez que nos explica el proceso de escritura de la misma durante el vuelo ficcional del autor entre el aeropuerto de Bilbao y el de Nueva York. Utiliza, cartas, emails, poemas e, incluso, se incluye un mural del pintor Arteta, relacionado con la familia Bastida. No hay, pues, una trama sino los recuerdos que van y vienen de Ondarroa, sus vivencias y las historias intercaladas y paralelas, digresiones y comentarios sobre las cosas más variadas, sobre gastronomía, sobre la verdadera amistad, la guerra civil o el Athletic.

Una de las razones por las que he escogido leer esta obra es porque el género de la autoficción está de moda, aunque no tiene nada de nuevo. El problema, creo yo, es querer ser moderno con algo tan viejo como la autobiografía, que hay que recordar, nunca puede, ni debe, ser objetiva. Lo mejor es haberme encontrado con un relato muy sincero, donde se percibe el amor a su tierra.

Las historias que nos cuenta Uribe, hay que enmarcarlas también en la gran tradición oral de la historia de Euskadi, sus leyendas y la forma de ser sobria y parca, pero siempre amigable y leal de sus habitantes. No sólo son amenas sino que enseñan aspectos de la tradición que quedarían aparcados de otro modo. El autor, con esta obra, pone también de relieve la importancia de las historias que conforman la vida del futuro escritor, que siempre bebe de las historias que le han contado y de las que intuye y se imagina. En resumen, un libro que se lee de un tirón y que recrea de una manera admirable lo mejor del pueblo vasco.

Espero vuestros comentarios bertadelgadomelgosa@gmail.com ❤

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LÁSZLÓ KRASZNAHORKAI: GUERRA Y GUERRA

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En esta foto László Krasznahorkai me recuerda a Chejov o a algún escritor ruso de los que tanto me gustan, en parte, por el físico y el tipo de fotografía y, en parte, porque su estilo es indiscutiblemente personal y tiene algo del conocimiento humano que aparece en las obras de los grandes novelistas rusos. Esto no le sucede sólo a él, ya lo sé, pero es muy característica la introspección de sus personajes como si no fuera tal y su aversión por los puntos. El caso es que te acostumbras a navegar entre comas como si fueras en un crucero en el que, al menos en apariencia, nada hace presagiar que suceda algo grandioso. Sin embargo no es así. Es todo lo contrario. Y de eso va precisamente Guerra y guerra.

El autor quería que otra de sus obras, de la que ya hice una reseña, Ha llegado Isaías, se leyera junto con ésta, así que volveré a leerla de nuevo. La verdad es que no os pude contar mucho del tema sin destriparos el libro, sólo os diré que es impactante. Ambas lo son.

Krasznahorkai me gusta más que Kenzaburo Oé en su obra Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (os dejo mi reseña) pero me recuerda a él por su tratamiento de la misma como algo enteramente normal. Es más, es como si los que nos consideramos cuerdos fuéramos los auténticos locos, lo que también me lleva a Antonin Artaud en Para terminar con el juicio de Dios (os dejo mi reseña también), que se sitúa en un mismo plano que Korin, el protagonista de Guerra y guerra. Korin se empeña en dar a conocer la gran verdad que encontró de casualidad, como todos los grandes descubrimientos. En esta novela todo es pura ficción pero, a la vez, demasiado real. Nos sentimos contagiados de la verborrea incontenida de Korin, quien tiene un objetivo en esta vida al que, sin embargo, se ve abocado sin posibilidad de negarse. Le ayudarán distintas personas, de manera más o menos consciente, e iniciará un viaje de Hungría a Nueva York donde nos encontraremos con situaciones surreales que terminamos creyendo posibles, porque así es el fanatismo. Korin es una especie de resistente pasivo en busca de su Santo Grial o, mejor, lleva consigo el anillo de poder y todos a su paso se rinden a la evidencia: si alguien sabe dónde va los demás se apartan. Le ayuda en su camino no meterse con nadie imbuido en su idea fija, como si nada más le importara, bueno, es que nada más le importa, no se importa ni él mismo. Impresiona su conocimiento de cómo funciona el mundo, lo que podemos resumir en: el mundo funciona con dinero, tu mundo culmina con tu muerte, hay algo más grande que tú. Saber esto no es estar loco, llegar a esas conclusiones me parece grandioso e inefable. Quizá no todos lo entiendan pero en esta vida sólo hay guerra y guerra y se repite una y otra vez. Esa es su enseñanza pero quiere mostrarla al mundo. Korin tiene un propósito, un solo objetivo que debe cumplir. Quizás tú y yo estamos locos por no haber sido capaces de encontrar nuestro propósito. Quizás el cuerdo es él. Pero lo que es seguro es que el dinero mueve el mundo.

Cuéntame lo que te parece en bertadelgadomelgosa@gmail.com ❤

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JOSEPH ROTH: FUGA SIN FIN

La mayor parte de los autores escriben obras modestas, en las que los protagonistas, poco originales, se enfrentan a situaciones que se resuelven en un clímax que modificará su mundo o visión del mismo. Por lo general, se trata de adversidades que suelen dividir a los personajes entre héroes y antihéroes a la manera que, por desgracia, la sociedad nos divide entre ganadores y perdedores. Luego están los genios. Es decir, los escritores modestos siguen las normas y los genios se las saltan a la torera. Joseph Roth está entre estos últimos. Roth forma parte de mi tribu de imprescindibles desde que un gran amigo me lo recomendó hace ya años. Su estilo es muy personal porque, aunque no es duro, tampoco hace concesiones. A veces es poético y conoce el alma humana como sólo lo pueden hacer los grandes.

Fuga sin fin nos muestra el final de una época en plena Revolución Rusa. Aún no tengo una opinión sobre el protagonista porque no sabemos sus aspiraciones ni su objetivo. Va a salto de mata, es alguien a quien ni odias ni amas. Su mundo ha cambiado e inicia un viaje que le llevará a distintos lugares donde conocerá a diferentes personas, incluso se reencontrará con su hermano. No da la sensación de estar tan perdido como estamos la mayoría de nosotros, en fuga permanente. Parece más bien que se mueva por sobrevivir al aburrimiento. Nada le gusta mucho ni le disgusta especialmente y es esa falta de propósito concreto lo que le acerca a la actualidad, en la que las circunstancias nos terminan por moldear. Pero nuestra época no es distinta a otros momentos históricos. Al contrario, por desgracia, tenemos un mundo en disolución y sólo al conocer la historia, también a través de los grandes autores, podremos entender al ser humano, que suele vagar sin rumbo por esa vida “que nos ha tocado vivir”. Sin embargo, no creo que Roth tenga una visión mecanicista de la historia, en la que seríamos meros comparsas, sino que cree que el hombre puede crear su vida, más o menos, aunque sea de una manera inconsciente mediante una fuga sin fin.

Os dejo aquí otra crítica que hice de su obra El triunfo de la belleza. Espero vuestras opiniones en bertadelgadomelgosa@gmail.com<3

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BARRY GIFFORD: UNA PUERTA AL RÍO

Os pongo en antecedentes: de Barry Gifford seguro que habéis visto alguna película de sus novelas, puede que Perdita  Durango o Corazón salvaje. O quizá lo fuera el guión de un filme de David Lynch, con quien colabora. Le apasiona el cine negro y os puedo asegurar que la literatura norteamericana. Aparte de novelas y guiones de cine, también escribe ensayos, libros de poemas y teatro. Y aún así no me sonaba mucho su nombre y mucho menos su cara. Pero ya hemos puesto remedio.

Pues bien, decíamos que es un fanático del cine y de la literatura norteamericana, cuestiones que están presentes y no sólo eso, sino intrínsecamente unidas a esta obra, su obra magna. Pasó 20 años escribiéndola y se trata de una serie de recuerdos contados por un crío de siete años de la época de los 50 y primeros 60. Aquél mundo turbulento que marca la infancia y adolescencia del protagonista es un mundo fragmentado, siendo precisamente el fragmentarismo la característica principal de la literatura norteamericana postmoderna y de esta novela que no es una novela. Se trata de muchos relatos breves, unidos por la biografía del joven y el contexto pero separados entre sí. Esto es algo típico de la literatura norteamericana, aunque no de manera exclusiva. Aparecen grandes ciudades como Chicago o Nueva Orleans, problemas con la madre y los tópicos de la Norteamérica de postguerra, con lo que se pueden palpar las influencias de Mark Twain y Huckleberry Finn, del Buscavidas de Walter Tevis en esas escenas de billar o de Moby Dick en el sueño de querer ser marinero del protagonista. Por supuesto, hay muchísimas otras referencias literarias así como cinematográficas. En realidad parece que estemos en un travelling que nos lleva de un lado a otro,como si leyéramos una película, como si estuviéramos viendo imágenes y, sobre todo, contemplando las influencias, gustos y biografía del autor todo a la vez.

Dividida en tres partes, “Un buen elemento”, “Wyoming” y “Una puerta al río”, se centra en temas como la inmigración, el sueño americano y referencias a la guerra de secesión o la Segunda Guerra Mundial. La forma de escribir es sencilla, poco dada a las florituras. El único exceso que veo es el número de páginas, porque me ha costado meterme en un personaje que salta de una cosa a otra, de una ciudad a otra, de un pedazo de historia a otra. Mi opinión es que es demasiado visual, demasiado cinematográfica. Es una delicia de lectura, puede que sea una forma de escribir que me encanta, pero es un atracón de trocitos, como si no hubiéramos dejado ni un bombón en la caja, así que me he terminado por aburrir. Es tal el esfuerzo de Gifford por dejar reflejadas las influencias y tal su ansia de perfección que, al menos conmigo, no ha logrado su objetivo. Es una buena novela, pero no está a la altura de las grandes novelas norteamericanas y estoy hablando de Hemingway,  Fitzgerald, Anderson, Cheever o Faulkner entre muchos otros. Falta enjundia y, posiblemente, sobra esfuerzo. Alguien me ha dicho hace unos días que las ardillas no se esfuerzan para trepar a los árboles ni los delfines sufren demasiado al nadar en el mar. En fin, cada uno con sus limitaciones. En cualquier caso, consiguió un merecido premio, el de la Christopher Isherwood Foundation for Fiction 2006. A ver si me decís qué pensáis.

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JESÚS FERRERO: EL ÚLTIMO BANQUETE

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He perdido la cuenta de las veces que os he dado los nombres de mis escritores favoritos. Uno de ellos es Jesús Ferrero con una obra ecléctica e imprescindible, lo que no significa que todos sus libros me gusten por igual. En este momento estoy digiriendo su último ensayo (fantástico) Las experiencias del deseo. Eros y Misos, pero os lo contaré otro día.

Nos centramos hoy en la novela El último banquete, Premio Azorín 1997, que narra la historia de una familia que se reúne en la cena de navidad. La estructura es in crescendo, ya que todo sucede en la misma noche a la que rodea desde el principio un halo de fatalidad. Las relaciones entre los miembros de esta familia de clase alta se centran en la incomunicación, la mala comunicación, la hipocresía, las drogas, la fama, la envidia, el incesto y la muerte. A pesar de la atemporalidad de los temas mencionados he sentido que esta obra era reflejo de una época. Aunque es posible que mi absoluto desconocimiento de la clase alta dada, en mi opinión, a conductas en el límite del aburrimiento y la falta de ética, el abuso de poder o la creencia del merecimiento sanguíneo, la alejan de otras clases que tampoco conozco (nótese el plural en las que incluyo la baja y la más baja puesto que ya se han cargado la media), que no evitan mostrar las vergüenzas: no hay nada que ocultar ni nada que evitar mostrar. No obstante, la superficialidad de esas ‘no relaciones’ de estos jóvenes nos deja sumidos en la ingravidez del ‘estamos juntos porque somos hermanos’ sin pararse a profundizar si existe un sentido oculto en el concepto de familia. Dejarse llevar es la consigna. Así pues, yo, como lectora, también me he dejado llevar y he disfrutado de la prosa rebelde de esta novela que, si bien no es mi favorita de Ferrero, nos hace reflexionar sobre la forma que tenemos de actuar con los demás en un ámbito cerrado e incomprensible para los ajenos a él. Decía Tolstoi, en uno de los inicios más famosos de la literatura, que todas la familias felices se parecen, pero que las tristes lo son cada una a su manera. Quizá yo he sentido que los años 80 y 90 en España estaban aquí representados, cuando es probable que debiera haber trascendido los mismos y descender a los infiernos del propio concepto de familia.

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