ALFREDO CONDE: MEMORIA DE NOA

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El verano se ha alargado más de lo habitual este año y por lo que a este blog se refiere. No es que me haya olvidado de vosotrxs, sino que la vida a veces va más deprisa o despacio de lo que nos gustaría. Tanto si esta excusa, barata por lo demás, os sirve o no no me concierne. Lo cierto es que la frecuencia de mis entradas pasará a ser quincenal o no será, lo que me concederá un tiempo imprescindible para otros menesteres, primordiales, en este momento. Espero que las críticas de las lecturas que vienen os resulten interesantes 🙂

Me encuentro inmersa en un proceso de cambio a todos los niveles y esto, por lo que a la literatura se refiere, y por lo que a mí respecta, sólo quiere decir que voy a lo seguro. Nada de experimentar cuando vas pisando huevos por la vida, motivo por el cuál, he ido a uno de mis grandes referentes, Alfredo Conde. En este caso, como en otros que vendrán, relacionados con vivencias y la narración de esas vivencias, algo que tiene que ver con mi próximo trabajo. Para los que no me conocéis, este blog no sigue modas sino mis propios impulsos.

Noa, la protagonista, es hija de un cura, nacida del amor y amada por su padre, no tanto por su madre, algo psicológicamente mucho más peligroso. Es probable que ese sea el detonante de esta búsqueda en la que el sexo, sin ser lo más importante de la novela sea relevante. Veamos. Todos tenemos una idea de nuestra identidad que intentamos alejar de nuestra identidad sexual, pero son una. No es que seamos lo que deseamos pero tampoco lo contrario. En el fondo la pregunta es si es necesario el amor y también si lo es el sexo y dado que la protagonista es una mujer y el autor no (distingamos autor de narrador), el conocimiento de las mujeres se hace imprescindible o toda la estructura de la obra se iría al traste, lo que, por fortuna, no sucede, y sí la convierte en un alarde introspectivo.

Empieza lenta, como todas las obras de Conde, para terminar apoteósica. Noa utiliza unas sesiones de carreras por la naturaleza para pensar en su vida. Es difícil entrar en el personaje por el lenguaje lírico que no esperaba y que sea a la vez tan racional como para medir el amor y también el sexo, pero así vamos siendo a medida que maduramos: hacemos caso a nuestra mente, olvidamos lo que no debemos y recordamos lo que no queremos las más de las veces, lo que nos convierte así en la cantidad justa de los intersticios de ambas. El gran acierto de Conde ha sido no intentar diseccionar cómo es una mujer, ni decirnos lo que lleva dentro, ni mucho menos juzgar o idolatar. El ser humano es más bien poco pero difícilmente definible, incluso para sí mismo. Nos engañamos e intentamos hacer lo propio con los demás. La familia, tantas veces problemática nos sirve de marco en esta historia para dar voz a una vida que debe ser inequívocamente nuestra y que Alfredo Conde, una vez más, nos anima a reivindicar.

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MANUEL VICENT: TRANVÍA A LA MALVARROSA

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Hasta ahora Valencia ha sido para mí un refugio. A lo largo de muchos años la Malvarrosa se convertía por un, siempre demasiado, breve espacio de tiempo en mi bunker personal donde desbrozar las malas hierbas, coger fuerzas para el resto del año y repetir como un mantra: “el mar pone todo en su sitio”. Los cambios acaecidos este año no me dejan aventurar si esto seguirá siendo así, pero al leer Tranvía a la Malvarrosa, me he dado cuenta del enorme afecto que guardo a esta tierra que siempre me ha demostrado que no todo es lo que parece, incluida yo.

Manuel Vicent (1936-) es licenciado en Derecho y Filosofía y también periodismo, donde ha destacado con sus artículos. Ha probado casi todos los géneros: novela, teatro, relatos, biografías, libros de viajes, entrevistas, gastronomía y es, además, experto en arte. Ésta es sin duda alguna, su característica más relevante por lo que a esta obra se refiere y es que es constante la luz en su prosa a lo largo de toda la novela, de tal forma, que diríase que es un sentido homenaje a Joaquín Sorolla, también valenciano, y uno de mis pintores favoritos, que desarrolló la técnica pictórica del “luminismo”. No es extraño, por tanto, que alguna de sus definiciones como la de Andrés Rábago García (más conocido como El Roto), que ilustró su obra Crónicas urbanas, el estilo de Vicent «es muy barroco, pero también muy luminoso» y que Francisco Umbral, del que ya hemos hablado en Monólogo interior, admirara a Vicent por«la calidad tectónica de su prosa, (…) la fuerza levantina de sus imágenes, (…) el volumen áureo y matinal de su palabra». Lo de matinal también tiene que ver con la luz, que no se apaga en toda la obra.

Una suave ironía y un humor negrísimo hacen que esta novela sea una deliciosa lectura de verano, en la que un muchacho comienza un viaje iniciático de la adolescencia a la juventud, desde  un burdel sórdido pero amable, marcado por un amor platónico, el sexo, la universidad, el calor y la Malvarrosa. Ha sido para mí una auténtica gozada recorrer a través de estas páginas, calles tan conocidas y queridas del barrio de Ruzafa o la Gran Vía de Germanías y recordar tantas mañanas cerca del balneario de Las Arenas. Parecen inevitables las notas autobiográficas y la crítica a esa España de pandereta, de curas y putas, de pobreza mental obligada y, sobre todo, de la otra. No en vano se ha llevado al cine, pero no he visto la película. Poco más que decir. Es una novela que te mece con el mar y la luz levantina, a través del humor y unos diálogos excepcionales. Vicent ha sabido reflejar fielmente la fuerza y la belleza de Valencia, casi un personaje más, sin escatimar en críticas a ese período histórico tan temible, aún no superado, que fue la dictadura franquista. No es probable que lea con devoción todas sus obras, por ejemplo Son de mar me pareció mediocre, pero es bueno tener como referencia una prosa preciosista como la suya.

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SCOTT FITZGERALD: EL GRAN GATSBY

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Fitzgerald murió creyendo que había fracasado con esta novela. Esto sucede cuando uno sabe que ha escrito algo grande y no recibe una retroalimentación que considera suficiente. Ahora bien, ¿algo grande comparado con qué? Sin duda, esta novela es buena y no voy a ser yo quien contradiga a grandes escritores y críticos, pero aparte de unos diálogos excepcionales, una visión no escrita con anterioridad de esa época y una gran ambientación, yo creo, con toda la humildad del mundo, que El gran Gatsby no es una gran novela, sino un excelente guión cinematográfico, cuyos personajes representan con exactitud la decadencia moral que presagia el gran desastre. Él quería, según sus palabras: “algo nuevo, extraordinario, hermoso, simple, pero con un intrincado diseño”. Consiguió todo eso, en mi opinión, pero es etéreo. Pío Baroja decía que se saltaba las descripciones, yo me he saltado diálogos que, como digo, son dignos de estudio, para llegar a la acción. No me he metido en los personajes porque no estaba en una novela sino en una película y esto me preocupa pues es una cuestión de expectativas. Me sucedió igual con Madame Bovary de Gustave Flaubert, que tampoco consiguió engancharme, me pareció insulsa y a ratos ridícula (comparada con La Regenta de Leopoldo “Alas” Clarín), y me hace preguntarme sobre mi criterio y sobre conceptos de hermenéutica para saber si estoy esperando leer algo que case con lo que yo considero excepcional y no necesariamente lo que se considera excepcional de una manera más o menos objetiva. Es decir, existe un canon nos guste o no, pero es difícil situarse fuera de él sin interpelarse si existe una justificación demostrable sobre por qué crees que una novela no es una obra maestra, a pesar de lo que diga todo el mundo, como creo que es el caso. El propio Fitzgerald dijo:«He escrito la mejor novela de los Estados Unidos de América.» Autores como T. S. Eliot, Edith Wharton o Gertrude Stein secundaron la moción. Me ha sorprendido que Harold Bloom, controvertido crítico sobre el que ya hemos hablado en Monólogo interior que no deja títere con cabeza, diga que esta obra “tiene pocos rivales como la gran novela americana del siglo XX. Al volver a leerla, una vez más, mi inicial y primera reacción es de renovado placer.” Pues bueno, me quedo fría, y no le hago caso en esta ocasión como en otras tantas. O bien no tengo la sensibilidad necesaria o estoy completamente equivocada con mi criterio. También hay grandes novelas que son muy complejas de entender filosóficamente pero no es el caso. En El gran Gatsby no hay niveles de lectura a los que no llego. Comprendo el momento en el que se escribió y que era algo novedoso, no hay problemas de verosimilitud, hay una trama, hay amor, desamor, muertes, está todo pero me ha costado pasar cada página, no sabéis cómo me he aburrido. Me sucede con algún otro autor estadounidense que intento leer y me es imposible, como Richard Ford o Saul Bellow. Nada, cada vez que lo intento las páginas pesan toneladas, los párpados se me caen y termino descompuesta pensando que no sé suficiente de literatura. Eso es cierto. Nunca es suficiente.

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RUDOLF FRANK: LA CALAVERA DEL SULTÁN MAKAWA

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No me extraña que los nazis quemaran este libro porque va en contra de todo lo que se suponía que debía pensar todo hombre, esto es, ir a la guerra es una bendición, morir por la patria es un honor, seguir la tradición de tu padre o tu abuelo e ir al frente es tu deber. El detonante de la Primera Guerra Mundial o la Gran Guerra  se produjo el 28 de junio de 1914 cuando un joven nacionalista serbio asesinó al archiduque Francisco Fernando de Austria. El imperio austrohúngaro declaró la guerra a Serbia desencadenando la activación de todas las alianzas. Total, que nadie comprendió por qué estaban luchando. Si ya es complejo entender la sinrazón de un conflicto bélico, que no hubiera intereses económicos o geopolíticos, sino alianzas y ayudas entre naciones no hizo sino aumentar la desesperación de los soldados. Así pues, la Gran Guerra se convirtió en el epítome de la guerra sin sentido en contraposición a la Segunda Guerra Mundial en la que el enemigo era absolutamente perverso. La guerra de Vietnam continuó junto con la de Korea, por ejemplo, en Estados Unidos o la de Rusia en Afganistán con este tipo de guerra absurda en la que se trataba de continuar con la gran mentira que ya aparecía en un poema de Horacio: dulce et decorum est pro patria mori, es decir, “es dulce y honorable morir por la patria”, que dio lugar a uno de los más impresionantes poemas que he leído y que pertenece a Wilfred Owen. En el enlace a la entrada que hice sobre este autor podéis leerlo y oírlo leído por Kenneth Branagh.

La calavera del Sultán Makawa es un libro admirable, no sólo por mi fascinación por el tema bélico, supongo que no exenta de misterio y morbo a partes iguales, sino por la forma en la que está escrita, la vivacidad y simplicidad de sus palabras que, no obstante, entran de lleno en la deshumanización del ser humano. La historia del adolescente de 14 años Jan Kubitzki, podría ser la de muchos otros jóvenes, valiente y heróico pero que sólo hace lo mejor para los que le cuidan, por lo que llega a plantearse la razón de la guerra. Siempre unido a su perrillo Flox, esta novela, pensada para jóvenes, resultaba todavía más amenazante, pues está planteada como una novela de aventuras, ya desde el título, que, sin embargo, hace referencia a un hecho real: en el artículo 246 del Tratado de Versalles, se insta a Alemania a devolver la calavera del Sultán Makawa. El 9 de julio de 1954, Sir Edward Twining, gobernador de la entonces colonia británica de Tanganica, hizo entrega solemne de la calavera a la tribu de los Wahehe, y que es símbolo de una promesa vacía. Esta idea junto con la frase “nadie debe hacer nada por obligación, si no quiere”, son los puntos de anclaje de la novela, cuyo mensaje sobre la libertad individual es claro. Y no se queda ahí. La crítica al colonialismo es constante como también a la gran mentira del honor repetida hasta la saciedad en todas las épocas y naciones. El resultado: una de la mejores novelas antibelicistas que he tenido el placer de leer. Una obra maestra.

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BERNARDO ATXAGA: ESOS CIELOS

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Qué mala suerte tengo últimamente con mis lecturas. Y eso que estoy yendo sobre seguro y he escogido grandes autores. En este caso, Bernardo Atxaga, cuyo nombre real es José Irazu Garmendia, el escritor en euskera más leído y traducido. Su obra abarca todos los géneros: cuento, novela, poesía y ensayo y se le ha traducido a numerosas lenguas.

Esos cielos prometía. Un argumento interesante sobre una etarra que ha pasado varios años en la cárcel y vuelve a Bilbao en un viaje en autobús físico y emocional hacia una nueva vida en la que no sabe qué sucederá. Un entorno, por tanto, tan claustrofóbico y asfixiante como la propia cárcel. El personaje de Irene, la protagonista, está bien retratado. Una mujer completamente perdida y traicionada que recuerda las amistades de la cárcel. Irene sueña y se nos cuentan los sueños, cuestión que me ha sacado del argumento que, en mi opinión se queda a medias. Se suele decir que es más importante lo que no se dice que lo que realmente se indica, pero no hay que pasarse. Una cosa es que se dejen pistas al lector, a modo de miguitas, y otra que sea el propio lector quien escriba la novela mientras lee, que es lo que me ha sucedido con ésta. Se me han ocurrido unas cuantas escenas distintas, varios finales y no sé cuántas subtramas. Eso es porque el argumento es potente y su ejecución floja. Podría decirse que algo atropellada y simplona, porque va perdiendo por el camino poderosos hilos argumentales.

No obstante, la ambientación, la dureza a ratos de la narración y un buen retrato de los personajes conforman los aspectos positivos de una obra que se lee de un tirón pero que sabe a poco. Resulta evidente el buen hacer literario de Atxaga, que dota a la obra de una prosa ágil pero en la que no crees. Da la impresión de que ha intentado escapar de las menciones al grupo terrorista ETA, así como a otros aspectos más concretos, para ir al núcleo de las vivencias internas de la protagonista pero que ha patinado: quedan demasiadas cosas en el aire, aunque éste sea el de mi adorado Bilbao.

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COLETTE: LA GATA

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Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) Colette, fue una novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa. Su novela Gigi (1944) fue llevada al cine por Vincent Minelli en 1958. Miembro de la Academia Goncourt desde 1945 y presidenta entre 1949 y 1954, fue condecorada con la Legión de Honor. Dicho esto es de suponer que tenga obras mejores porque La gata es una auténtica porquería. Esperaba mucho más después de leer acerca de su vida de excesos, incluso libertinos, aún hoy o incluso, más hoy, diría yo, pero no, a lo sumo sí es cierto que es una maestra en crear una atmósfera de sensualidad.

Por lo que respecta al argumento, una pareja de recién casados jóvenes y atractivos estrenan problemas por la gata del chico, de la que se siente profundamente celosa su mujer. Un argumento simple puede dar lugar a una gran obra. En este caso, ella es miembro de una burguesía adinerada y él de una aristocracia venida a menos. De ahí que si los personajes hubieran estado retratados con mayor profundidad e introspección, la novela no adolecería de una superficialidad molesta. Ni siquiera la gata tiene la entidad que se presupone y la acción, por tanto, es nula. En resumen, argumento sencillo, personajes mal creados y una trama inexistente, dan como resultado mi incredulidad. Lo cierto es que el tono y la atmósfera están perfectamente creados y sigues leyendo con fe ciega esperando que algo suceda, cosa que no ocurre.

Ni siquiera es una obra en la que la mujer, en este caso la protagonista, salga bien parada, más bien al contrario, casi se diría que es machista, dado su amor por los animales. Se critica que tenga celos de un animal, pero no que el marido no intente entender a su mujer. Todo resulta, pues, cogido por los pelos. Ni siquiera la gata tiene verdadero protagonismo. Si Poe levantara la cabeza…y eso que era una de sus lecturas preferidas. Decepcionante.

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AMÉLIE NOTHOMB: ESTUPOR Y TEMBLORES

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Estupor y temblores (1999) publicada por Anagrama en España en 2004 es un ejercicio de masoquismo amén de un catálogo de costumbres niponas incomprensibles y un listado de conductas sádicas en el entorno laboral. Dicho así, puede no interesarnos, pero dado que Nothomb, miembro de La Real Academia de la Lengua y Literatura francesas de Bélgica, recibió el Gran Premio de Novela de la Academia francesa en 1999 por esta obra, quizá lo pensemos dos veces. Fue llevada al cine por Alain Corneau en 2003.

Incomprensiblemente, se trata de una novela autobiográfica. Por tanto, tanto la protagonista como la autora, que trabajó de traductora, tienen un extenso conocimiento de japonés, del país y ambas fueron contratadas por una multinacional nipona. Sus responsabilidades, que debían ser elevadas, irán siendo más y más absurdas hasta completamente fuera de lugar, ya que llega incluso a limpiar los váteres, debido a la voluntad sádica de su jefa directa, cuyo máximo interés es denigrarla. Es una situación curiosa porque la protagonista se presta a este peligroso juego siendo plenamente consciente de su  validez como persona y profesional. De ahí la paradoja de este duelo destructivo para el que sólo falta el barro.

No obstante, es muy sencillo empatizar con el personaje debido al sentido del humor, absurdo, por supuesto, con el que se describe la acción. Todo parece un tremendo error, una hipérbole en la que parece reírse de este ejercicio de masoquismo autoimpuesto. Como es lógico, existe un límite que no se traspasa, puesto que la sucesión de conductas denigrantes conllevan un peligro real, momento en el que abandona el juego. Diría más, lo hace justo en el momento en el que yo, como lectora, estoy a punto de entrar en la oficina y solucionar las cosas a la manera latina.

La decisión de la protagonista de prestarse como conejillo de Indias de una suerte de experimento antropológico consigue hacer de esta breve e intensa novela una obra no apta para cardíacos. No os la perdáis.

Podéis seguir el enlace y ver esta reseña en Opulix.com.

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CARLOS ROJAS: AZAÑA

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Os he dejado huérfanos de críticas en el blog durante unos meses, pero he seguido publicando para otros medios que iré compartiendo. Os dejo aquí la reseña del libro Azaña, del escritor catalán Carlos Rojas Vila, aparecida en la revista digital española La República Cultural, a la que agradezco la confianza desde aquí. Pinchando en el enlace véis el artículo en la revista.

Rojas ganó con esta obra el Premio Planeta en 1973, fue catedrático de literatura en la Universidad de Emory en Atlanta y ha escrito numerosos ensayos y novelas, opuestas al realismo social. Se le ha agrupado en lo que se denominó, Escuela metafísica, con autores como Antonio Prieto o Andrés Bosch. Otros premios en su haber son el Nacional de Narrativa (1968), el Ateneo de Sevilla (1977) y el Nadal (1979). Su última obra, hasta el momento, es el ensayo Diez crisis del franquismo (2003). Con esta crítica explico la diferencia entre novela histórica y novela historiográfica. Espero que sea de vuestro interés. Como siempre, gracias por estar ahí. Dentro de muy poco buenas nuevas.

Cuéntame: bertadelgadomelgosa@gmail.com ❤

Manuel Azaña fue Presidente de España (1936-1939) y una figura que aún hoy despierta sentimientos encontrados. Carlos Rojas ganó el Premio Planeta en 1973 con una estupenda novela titulada Azaña, cuando la tendencia novelística privilegiaba el discurso y la experimentación técnica. Con la transición a la democracia la literatura perdió su carácter de arma política, lo que abrió un abanico de posibilidades. En un momento tan delicado para nuestro país (como el que también vivimos ahora) se intenta volver la mirada hacia el pasado para recuperar momentos esenciales: los años de la guerra civil y de la postguerra, heridas que aún no están cerradas.

La visión real del personaje nos la proporciona Rojas en una síntesis biográfica al principio de la obra y es la de un hombre abatido que huye de España tras varios intentos fallidos de solucionar el conflicto civil por medio de una paz negociada. Se produce una desmitificación, no sólo del personaje sino también de la historia, típica de las novelas de corte postmoderno. No  debió de resultarle complicado a Carlos Rojas convertir a Azaña en un antihéroe, puesto que, para muchos, ya lo fue en vida. De él sólo nos llega lo esencial o lo anecdótico. Según esto, cabría una distorsión entre su imagen pública y su imagen privada, pero eso siempre le había sucedido.

La narración nos lleva en un vaivén de circularidad que comienza en el año 39, con Azaña ya enfermo, que recordará momentos esporádicos de su vida y recuperará escenarios, sucesos y personajes más o menos distanciados en el tiempo histórico y narrativo. Azaña es una novela historiográfica (no histórica), esto quiere decir que se produce una parodia del proceso de escritura y, por tanto, del propio discurso histórico. Se pone de manifiesto el carácter ficticio del texto al mezclar acontecimientos reales e inventados, cambiar lugares de nombres o, por ejemplo, al describir personajes ficcionales e históricos. La autorreflexividad narrativa en Azaña tiene en cuenta, en primer lugar, que la novela se reconoce a sí misma como texto que se observa desde fuera y pone de manifiesto su carácter ficticio. En segundo lugar, utiliza otros escritos, mencionados en la narración, como los Diarios de Azaña o La velada en Benicarló. El propio autor añade en el epílogo otros materiales empleados, así como su utilización en la novela que rechaza ser una novela histórica. En su opinión, el error de de estas obras denominadas históricas se produce porque la literatura es incapaz de representar el pasado por la imposibilidad de conocerlo de forma exacta. Para evitar estas confusiones tan habituales, Rojas ha variado la cronología de ciertos eventos. A pesar de todo, ha pretendido ser veraz y, sobre todo, digno, porque queda bien claro que su intención era escribir una novela y no darnos una clase de historia. Es el lector quien debe “revivirla y recrearla”.

Los premios Planeta no suelen ser recordados en el tiempo, pero aquí tenemos una obra que merece la pena recuperar del olvido, en especial en este momento político en el que nos encontramos. De Azaña se han dicho y se dirán muchas cosas, sin embargo, la visión de Rojas, a pesar de estar escrita en los estertores de la época franquista, presenta a Azaña como ser humano y personaje a un tiempo de este teatro del mundo, sin olvidar que la historia es una ficción que se inventan los ganadores.

 

ALFREDO CONDE: LA SECUELA Y OTROS CUENTOS DEL CARAJO

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Gracias por estar ahí después de estos meses que necesito cada año para desconectar de las redes, pero ya tenía ganas de contaros nuevas cosas y en breve os presentaré mi página web <3.

Los que me seguís desde hace tiempo conocéis mis filias, fobias y también mi afecto y especial predilección por la obra de Alfredo Conde, de la que no me cansaré de repetir que merece un profundo estudio y difusión. Don Alfredo, Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional de la Crítica, Premio Nadal y otros tantos merecidos premios, me agradeció personalmente la crítica de Los otros días, una de sus mejores novelas. Para mí, sus palabras fueron un orgullo y también una lección de humildad que no voy a olvidar.

La cosmovisión o weltanschauung que se refleja en sus obras como Memoria de soldado, se centra, en  mi opinión, en el ser humano al que, a pesar de su estilo mordaz y socarronería típicamente gallega, no abandona a su suerte, sino que desciende con cada personaje a los infernos de sus miedos, el paso del tiempo, la muerte o la (in)moralidad. Pese a todo, el humor negro, las más de las veces, está muy presente. Y ese es, en concreto, el nexo de unión de los relatos La secuela y otros cuentos del carajo, que habían estado dispersos hasta ahora. Después de la estupenda novela El beato, crítica y revisionista con el descubrimiento de las Indias que, como sabéis, ni lo uno ni lo otro, nos presenta esta compilación de cuentos en línea con ese humor un tanto escabroso, del que hablábamos.

Se suele pensar, erróneamente, que el relato es un subgénero menor. Tras el Premio Nobel a Alice Munro (inmerecido si comparamos su obra, por ejemplo, con la de su compatriota Alistair MacLeod, del que algún día os hablaré), parecen haber cambiado las tornas, aunque sigue pareciendo mal visto divertirse con la lectura de relatos. Afortunadamente, Don Alfredo hace lo que quiere y le da la gana, ese tipo de cosas que no sólo dan las canas sino el buen hacer literario, y puebla estos cuentos de una visión muy clara de lo tristes que somos los humanos, de lo poquito que somos una vez que escarbamos en nuestro interior, de esa manera tan sarcástica, precisa y concisa tan suya. Por eso nos conviene volver a su obra, para deleitarnos de un lujo que está al alcance de muy pocos: utilizar el ingenio para hacernos disfrutar con alardes técnicos como los del cuento titulado “El fleje de papá o con las cosas del amor nunca se sabe”, mientras el vagón del tren se nos queda mirando al no dar crédito de que aún seamos capaces de de reír a carcajadas con un buen libro. Va por usted, Don Alfredo. Bo día.

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MENIS KUMANDAREAS: LA SEÑORA KULA

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El paternalismo que dudo podamos superar, considera antinatural, por decir algo, que una mujer madura tenga relaciones con un macho sustancialmente más joven. Los hombres que tienen relaciones con mujeres sustancialmente más jóvenes no precisan adjetivos y no sólo es algo habitual sino de machotes. No es que no crea en el amor intergeneracional, sólo que suele estar amenizado con dinero de por medio o no se da. Los varones demuestran así su hombría cuando está de capa caída y las mujeres su necesidad, al menos en una visión tradicional, no sé si trasnochada.

La señora Kula desarrolla un tema, casposo, cuando menos, a no ser que se diera una nueva visión, que no es el caso. Es necesario mencionar, llegados a este punto, que Kumandareas la escribió en 1976 y que Grecia estaría en una situación similar a España en cuanto a moralidad y buenas costumbres se refiere. Lamentablemente, la sociedad ha evolucionad pero no lo suficiente. Kula es una mujer que resulta aburrida y parece frustrada inserta en un papel de esposa y madre, de la que no se explica demasiado. Tras conocer a un joven y viciosillo estudiante queda prendada de sus maneras y presenta, en algunos aspectos, una conducta celotípica que después queda marcada por la indefinición.

A mi modo de ver, toda la obra es un gigantesco cliché. No encuentro una transición pausada, ni indicadores de cambio en la conducta de Kula, pues todo se centra en lo que piensa del chico que desaparece de pronto, entonces se queda como si nada. Lo fácil sería pensar que se trata de un error técnico clamoroso. Parecía enamorada pero sólo ha sufrido dolor de viudo (fuerte y que pasa pronto). Sin embargo, Kumandareas es un buen escritor que supo retratar la sociedad griega de la postguerra en una veintena de novelas. Así que es posible que esté siendo dura y el mero paso del tiempo, que devora las relaciones sin piedad, hiciera lo propio con esta pareja en busca de morbo, que el autor retrata con asepsia. El enfriamiento y final abrupto de la relación no nos permite saber si el resultado viene dado por la clarividencia de Kula. Es decir, que después de un determinado número de encuentros sexuales sabía que todo acabaría porque amor no era, entonces se levantó, se vistió y se fue para nunca volver a pensar en él en cuyo caso, la escritura de esta novela habría sido totalmente prescindible. Si no es así y teniendo en cuenta que siendo Kula es el personaje más importante y del que casi no sabemos sus motivaciones o sus pensamientos, la novela resulta un fiasco.

De cualquier manera, el estilo es impecable y el resultado anodino. Kumandareas se ha enfrentado a un tema en extremo complejo sobre el que no hay una visión unívoca pero, a pesar de tener una atmósfera lograda y un lenguaje claro y conciso, no me resulta  suficiente como para pasar por alto una trama ausente rodeada de personajes insulsos. Nada que ver con la muerte del propio autor que fue asesinado. Eso ya parece más una novela.

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